Diario de León

SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?

Ilegales, insensatos e insensibles

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León

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N o paramos de darle vueltas a la inmigración. Le damos tantas vueltas que se ha perdido la orientación en este trágico tema. Se hace más necesario que nunca encontrar una brújula que nos marque el norte sin lugar a duda.

Cada uno tenemos nuestra propia opinión sobre los inmigrantes y tenemos nuestras propias soluciones, pero en lo que sí estamos todos de acuerdo es en que se trata de una cuestión de humanidad y hay que darle una solución a aquellos que llegan a nuestras costas.

Partiendo de lo anterior, considero que debemos tener en cuenta algunos aspectos que no salen a menudo en los medios de comunicación y que por tanto no llegan a los ciudadanos de bien. En primer lugar, debe tenerse en consideración que la Unión Europea soporta una fuerte presión migratoria, pero no solo la ilegal sino también la de aquellos que legalmente quieren entrar a formar parte de las sociedades de la Unión. Aquí hay mucho que decir al respecto, pero es tema para tratar en otro artículo.

En segundo lugar, de forma insensata la inmigración no se analiza por parte de la Unión Europea de forma global. Se está intentando poner parches a la llegada masiva de inmigrantes. Pero, este aluvión permanente de inmigrantes no es una causa de nada, es la consecuencia de muchas circunstancias.

Entre estas circunstancias destacan los problemas estructurales de los países de origen que se centran en la guerra, exceso de población y pobreza. Un problema al que tampoco se hace referencia es que los países a través de los cuales se produce el salto hacia la Unión Europea, como por ejemplo Marruecos, se están convirtiendo en países de acogida sufriendo a su vez una fuerte presión migratoria para la que no están preparados.

La inmigración está provocando la descapitalización humana y económica de los países de origen y la profundización de la brecha existente entre los países ricos y los pobres. Estos últimos ven como los más preparados abandonan su país por falta de oportunidades. Los obispos africanos han manifestado la necesidad de frenar la sangría humana que para África suponen las migraciones hacia la Unión Europea.

La inmigración es vista por parte de los europeos como una amenaza a su estado de bienestar, a su seguridad económica y se percibe a los inmigrantes como una carga. Con ello quiebra el principio de solidaridad y otros muchos que presiden el ideario de la Unión.

¿Qué se puede hacer? Muchas cosas, empezando por tener una política común de la Unión Europea que aborde la inmigración de forma global y bajo los principios fundadores de la propia Unión. El humanismo cristiano que presidió la fundación de la Unión Europea debería ser recuperado. Esto permitiría tener un rumbo fijo sobre qué actitud tomar no solo respecto de los inmigrantes que alcanzan territorio de la Unión, sino también atajar las causas del problema en su raíz.

Atajar las causas en su raíz era lo que recomendaba Juan Pablo II y esto supone en el asunto que nos ocupa sustituir el neocolonialismo mercantil y financiero sobre los países africanos ejercido por la Unión Europea y demás países ricos, por unas relaciones comerciales basadas en la justicia e igualdad.

Otra forma de atajar el problema de raíz es combatir de forma radical a las mafias que extorsionan a los inmigrantes. Se sabe quiénes son, dónde están, cómo actúan y las rutas que utilizan para trasportar a los inmigrantes como si fueran ganado. Sobre ellos debe y puede caer todo el peso del derecho internacional.

Se trata de ejemplos de lo que se pudiera hacer y no se hace por falta de voluntad y acuerdo. Los problemas de los países de origen deben ser resueltos en los países de origen, y no solo para evitar el drama de la inmigración, sino porque no es sostenible un mundo de primera y otro de tercera o cuarta división.

Aunque solo fuera por egoísmo propio, debiéramos dejarnos de dar rodeos, ser insensibles y atajar los problemas de desequilibrios de riqueza de forma sincera y eficaz. Quizás supondría que los ricos fuéramos menos ricos y los pobres menos pobres, pero garantizaríamos entre todos que nuestras sociedades no salten por los aires a consecuencia de sus contradicciones y egoísmos. En todo caso, probemos a dar más y recibir menos, a lo mejor nos llevamos una sorpresa y descubramos que el que más da es el que más recibe.

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