Fuego amigo
Bienvenida peregrina
La vega del Cea, donde florecieron las lanzas a los soldados de Carlomagno escogidos por la muerte, aparece estrangulada por tres carreteras y una autovía, que acabaron malogrando la armónica división de los terrazgos presente en la cartografía ilustrada. Sin embargo, la senda de los peregrinos no tiene extravío en este lugar «pródigo en todo tipo de bienes», según la literatura jacobea. Antes de asomar a Sahagún, el camino se arropa con una hilera de arbolillos, aunque su porte no arroja sombra todavía.
Pasado el Cea por el puente Canto, se alcanza Calzada del Coto, donde el camino se bifurca. Un ramal montano atraviesa el robledal de Valdelocajos hacia Calzadilla de los Hermanillos, mientras el camino francés discurre por pista arbolada hasta Bercianos del Real Camino. La música de su nombre y la secuencia de un par de ermitas empujaban al peregrino por una senda pecuaria hacia el sosiego lacustre presidido por la torre del Salvador. Pero tanto le escarbaron las entrañas a la motilla, que un mal día de junio de 1998 se desplomó. Hizo ya 20 años.
Aquella estampa enhiesta que guiaba los pasos peregrinos ha quedado convertida en un montón de escombros, sin merecer siquiera el cobijo de una cerca protectora que arrope la ruina del cielo. El lugar, con las bocas de las bodegas asomadas a las charcas del Tejar y de la barrera Bazán, sigue siendo hermoso, a pesar del derrumbe. Un soto de chopos regala al caminante el fresco de su sombra tupida. Bercianos combina el sosiego de su adobe tradicional con los pujos extravagantes de algún nuevo casorio de catálogo. En la era se levantó una nave con cubierta de pizarra para la nueva iglesia. A sus pies emerge el esqueleto de hierro de la torre, todavía sin vestir, con el remate depositado en el suelo, obra del herrero Vidal Molleda. ¿Quién lo aupará a su sitio?
Al otro lado de la vía, el apeadero ferroviario muestra los vestigios de una intervención vanguardista, propulsada por un moderno del pueblo. La audacia se anuncia en la senda de los peregrinos, junto a la ermita de Perales. Un arco fabricado con tubos de chimenea da paso al camino y se bautiza como Puerta de Europa. No resulta menos estridente el mobiliario de su área de descanso, a base de bancos y mesas de cemento blanco «diseñados para hacer sufrir», como apuntó el periodista Gregorio Morán en su libro jacobeo.
Entre la encantadora ermita de Perales y la de San Roque, que da la bienvenida al pueblo, la senda atraviesa el arroyo del Coso dejando a su derecha la granja de San Esteban. Una cruz de mármol recuerda a Manfred Kress, peregrino alemán fallecido hace unos años en este lugar, mientras apenas unos pasos separan al caminante del reclamo de su enigmática y rebosante Laguna Grande.