LA GAVETA
Corredor Atlántico
El noroeste es un reino bravo. Una república celta y romana. Una Irlanda sin ser isla. Una Bretaña más grande. Una Escocia que habla gallego, castellano y leonés. Con un Edimburgo que es Compostela. Con un Glasgow, que es Vigo. Con un Aberdeen, que es Coruña y con un Dundee, que es Gijón. Más o menos. El noroeste está lejos, como Escocia e Irlanda. Ha sido creado por la geografía y la historia en un territorio de belleza, lluvia y literatura. Es patria de prados y misterios, de gracia melancólica y de valor. Y tiene, como sus remotas hermanas Irlanda (Wilde, Shaw, Beckett, Joyce, Yeats…) y Escocia (Stevenson, Conan Doyle, Walter Scott…) una nómina de escritores sin parangón en el resto de España (Rosalía de Castro, Cunqueiro, Torrente Ballester, Cela…). El noroeste es tierra de la palabra y de palabra. De lluvia y viento, de mar y barcos. De esfuerzo y búsqueda.
Pero ese encanto, esa condición de ser un finis térrea, si le beneficia en el dulce tráfico de los cuentos y las leyendas, le perjudica en el más vicario tráfico de las mercancías. El noroeste no es paso hacia ningún sitio, salvo por la importante vía marítima. Por ello, necesita mejorar su conexión ferroviaria con una urgencia creciente. Y justa. Sin esa herramienta, el Noroeste cada día será más marginal en España, más irrelevante. Y lo malo es que el proceso hace ya mucho tiempo que empezó. Baste decir solo un dato: las provincias que más se despueblan en España están en el noroeste interior (Orense, Lugo, León, Zamora), siendo también inquietante la evolución demográfica en la costa: Pontevedra, La Coruña y Asturias.
Todo ese territorio, envejecido pero también activo económicamente, y que suma la misma población que la prodigiosa Croacia (4.5 millones de habitantes) corre el riesgo de tener un destino ferroviario declinante y aislado. Y para evitar esa injusta condena, es imprescindible la conexión del previsto corredor ferroviario atlántico con sus puertos de mar. Unir el destino de Gijón, Vigo y Coruña con el camino de hierro raudo al corazón de Europa es un asunto capital. Que encierra, muy probablemente, la mayor esperanza de este cuadrante para domeñar ese destino estancado que nos promete el futuro.
Pero aún estamos a tiempo de salvarnos. De una salvación modesta, no nos engañemos. Pero digna y que nos libraría de una extraña desertificación húmeda. De un olvido institucionalizado. Y la provincia de León sería también beneficiaria de esa lucha que han emprendido los gobiernos regionales de la bruma, y sus cúpulas empresariales. Porque tenemos tanto derecho como cualquier otra parte de España a disponer de ese crucial instrumento estratégico. Porque no solo existe la España del centro, del sur, del norte y del este, cuyo porvenir ferroviario parece garantizado. También existe la España del noroeste. La de Clarín y la de Antonio Pereira.