Diario de León
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EN BLANCO FERNANDO JÁUREGUI
León

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E spaña tiene una cuenta permanente con su pasado. Con el remoto y, sobre todo, con el inmediato. Se nota en que sacamos a pasear el espantajo de Franco a la primera ocasión —porque, claro, ahí sigue el Valle de los Caídos, sin que nadie haya tratado de convertirlo en un Arlington a la española, repatriando restos de españoles ilustres enterrados en París, por ejemplo, como Machado, o Azaña, o tantos otros—. Y el debate en la izquierda emergente por los parajes de Moncloa, y también en los contactos con independentistas, reside en si debe acelerarse el cambio de nombres en el callejero o sobre si hay que suprimir los títulos nobiliarios, sobre todo algunos títulos nobiliarios (y volvemos a la duquesa de Franco, sin ir más lejos). Menuda frivolidad. Es como un juego sempiterno en el secarral político hispano: poner los ojos en lo ocurrido, digamos, hace medio siglo, y lanzarse a la discusión feroz entre las dos Españas. Sin embargo, pienso que ahora que ha empezado, galopante, una nueva era, deberíamos, acaso, fijarnos más en historias mucho más cercanas, desbrozar las ocurrencias de las ideas y ponernos a la tarea de mejorar de verdad el país de hoy.

Ocurre, no obstante, que España, país que tiende a ser colectivamente olvidadizo, de cuando en cuando recuerda, y entonces no hay quien pare el tren, llámese lucha contra la corrupción o contra los muchos dislates políticos que hemos cometido en los últimos (y no tan últimos) tiempos. Todo, todo, está a revisión y se ha puesto en el candelero en apenas unos meses. En la izquierda y mucho más aún, ahora, en la derecha, que no hay más que ver los conatos de debate -solo conatos, mezclados con puñaladas, que verdadero debate no ha habido, como se sabe-- a la hora de hacerse con el control de este último sector ideológico. Alguien, y no sé si le toca en este cuarto de hora a Soraya Sáenz de Santamaría o a Pablo Casado, a Pedro Sánchez, o al mismísimo Felipe VI, que más que nunca me parece que necesita manos algo más libres, tiene que dar la sensación de que se arriesga a situarse al timón regeneracionista. Porque no quisiera ponerme tremendista, pero a veces da la impresión de que este barco, con estas estructuras algo anquilosadas y varios boquetes en el casco, no puede aguantar mucho más. Así, al menos.

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