TRIBUNA
Embalse del Porma: plegarias

E l 30 de agosto se publicó en la Tribuna un artículo titulado Embalse del Porma: otra mirada firmado por el profesor de la Universidad de León, nacido y criado en Reyero, Ángel Alonso Álvarez. Su trabajo versaba sobre lo acontecido en el momento de las expropiaciones del pantano hace más de medio siglo.
Aprovechando que los protagonistas directos de aquel proceso, aquellos que sufrieron el éxodo forzoso y los que estaban enfrente, han desaparecido o están a punto de hacerlo, el Sr. Alonso ha sentido ahora la necesidad de ilustrarnos para que podamos conformar una opinión más equilibrada al respecto. No muestra para ello dato alguno. Apoya su artículo en tres hechos «relevantes» que él vivió siendo muy joven, con los que pretende demostrar que allí el Estado vació sus arcas para llenar la faltriquera de los afectados.
En primer lugar, reconoce hacerlo por haber inoculado en sus venas desde muy pequeñín la envidia y la rabia que sus padres y vecinos de Reyero le insuflaron por no haberles alcanzado el agua. El segundo apoyo relevante es el fuerte impacto que recibió al escuchar un discurso de boca de un familiar argentino una vez que les visitó en el pueblo. Y, el tercero, lo refiere a cuando su abuelo, propietario de dos prados pequeños en Vegamián, recibió por ellos un importante dineral que le permitió comprar una motosegadora con la que se forró segando los prados a sus vecinos del valle Reyero.
Con ese bagaje intelectual, conforma el Sr. Alonso su opinión. Respetable como todas, pero qué, como montañés directamente damnificado, no puedo aceptar por entender está cargada de falacias y falsedades con las qué intenta «emponzoñar» la memoria de nuestros pueblos y la de todos los montañeses afectados, después de asumir con resignación el desarraigo y el dolor que significó abandonar para siempre todo aquello que había formado hasta entonces parte de nuestras vidas en beneficio del bien común.
Nací y crecí en Lodares, uno de los ocho pueblos inundado por el pantano. Apenas llegado a la adolescencia, sufrí aquello en mis propias carnes, y debo asegurar que el artículo me ha dejado perplejo. Comenzaré diciendo que me obliga escribir esto, el respeto y la admiración que siento por mis mayores ya desaparecidos al igual que por el resto de los expropiados, porque ellos fueron quienes sufrieron en sus carnes aquella dura situación, esa qué, para el Sr Alonso, fue una autentica lotería.
No voy a hablar de lo que oí, de lo que me contaron tomando unos vinos en el húmedo. Hablaré de mi caso, del de mi madre, viuda desde que yo cumplí los nueve años y afectada directamente por la expropiación, con un capital semejante al que sus padres tenían según afirma. Por ese capital cobró la «expropiación generosa», que para ella eran «cuatro perras». Cercana a los 60 años, se fue para León con su hijo, sin ningún tipo de pensión o ingreso extra, sin ningún seguro o cobertura que la amparase ante cualquier contratiempo. Se fue con la indemnización. Con la compra de un piso en una barriada popular y poco más, las perras restantes de la «generosa indemnización» no alcanzaban muy lejos. A ella escuché entonces por primera vez, repetir el famoso dicho: «donde se saca y no se pon, se llega pronto al hondón». Para sobrevivir, había que trabajar. Durante varios años tuvo chicos estudiantes de pensión compartiendo alguno de ellos habitación conmigo en algunos periodos y poder conseguir con ello unas perrillas. Cocinando, lavando y planchando para todos. Yo llegué a León con quince años, con el ingreso y primero de bachiller aprobados, después de preparar por libre ambas pruebas en el pueblo con apoyo de clase particular en Vegamián y la inestimable ayuda de nuestra querida maestra. Estudiaba en ratos libres mientras guardaba las vacas, ordeñaba, limpiaba la cuadra, etc. La mayor inquietud de mi madre en aquellos días, al igual que la de todos los padres del pueblo, era que su hijo estudiase… algo o aprendiese un oficio, para poderse ganar la vida en un mundo nuevo y totalmente desconocido para ambos. Así, los cinco años siguientes continué estudiando en León. Siempre en horario nocturno, cinco de la tarde a diez de la noche. Durante aproximadamente dos años, cuando salía de clase me iba para casa, momento que aprovechaba para cenar y salir corriendo para ir a trabajar a una panadería como aprendiz, de once de la noche a nueve de la mañana. Luego cambié de trabajo, no menos horas ni más dinero pero al menos me permitía descansar de noche. Esa fue la comodidad de la que yo disfruté para poder estudiar lo poco que estudié y a la que el Sr. Alonso alude cuando se refiere a los hijos de los afortunados expropiados. Con lo que sacaba mi madre y mi sueldo, fuimos tirando, pero yo no pude llegar nunca a la universidad. Situación semejante a lo anteriormente dicho, se puede extrapolarla al 95% de los expropiados, créanme.
En su tribuna, nos señala la precariedad en qué vivían sus padres. ¿Tan distante estaban en este sentido de la de sus coetáneos de Reyero y resto de habitantes del alto Porma? Omite que sus padres tuvieron siempre la puerta abierta para abandonar de motu proprio su pueblo, mientras los nuestros no tuvieron opción alguna. Eran los tiempos de «o abandonas tu casa o te saco de ahí». Sus padres consiguieron que estudiase una carrera. Pues miren por donde, de haberlos expropiado, quizás el Sr. Alonso hubiese tenido que ir a estudiar en horario nocturno para luego trabajar por la noche en la panadería. ¿De qué y de quién habla usted, señor Alonso? A la vista de su artículo, ¿tendría yo que pensar ahora qué hizo mi pobre madre con los millones qué, según su opinión, cogió? ¿Tendría que repudiarla por consentir que yo trabajase por las noches de aprendiz con dieciséis años y asistir a clases nocturnas con los Mp que tenía? Perdóneme Sr. Alonso, creo que está usted muy lejos de conocer la realidad de lo acontecido en el pantano del Porma.
Ya nos queda claro qué en la opinión de sus paisanos estaba extendida la idea de que las expropiaciones habían sido «muy generosas» y, sin conocerle, me da qué usted está también en esa línea de pensamiento. Mire Sr. Alonso, sabe como yo que hasta en los acontecimientos más horrorosos de la humanidad, siempre hay quien lleva tajada. Sin duda, en este caso también existiría alguno que se llevó generosa indemnización. ¿Pero cuántos fueron? ¿todos? ¿el 50%, el 2%? ¿aquellos amigos, parientes y conocidos suyos que brincaban casi eufóricos celebrando que su pueblo había desaparecido? No, eso no fue así, no mete usted ni una bola en el castro.
Habla de «la plegaria» que escuchaba a sus vecinos, clamando fervientemente para qué el muro fuese recrecido veinte metros para ahogar Reyero. ¿Sabe que en Lodares, yo escuché siendo niño a muchos de mis paisanos otra plegaria pidiendo justo lo contrario? Pero volvamos a la suya. ¿Eran todos los vecinos de Reyero? ¿Eran todos los de Reyero además de los otros tres pueblos del valle? A propósito, ¿sabe que inicialmente el pantano contempló la desaparición de tres pueblos más de los ocho sumergidos? Eran pueblos a los que no alcanzaba el agua pero a los que tapaba todas o parte de sus mejores fincas y a los que se les ofreció la «expropiación generosa» ¿Y sabe que ocurrió? Decidieron en concejo no aceptar la expropiación y seguir adelante con lo que les quedaba. Con su casa, con su pueblo, con sus raíces intactas. Ahí los tiene. ¿Puede usted asegurarnos ahora, cincuenta y tantos años después, que de hacerse esa concesión a Reyero, y celebrado ese concejo en cada uno de los cuatro pueblos del valle, hubiese sido ésta aceptada? Imagínese que los de Pallide hubiesen dicho que no ¿cómo lo habrían solucionado ustedes en Reyero?
Por entrar, entra usted hasta en los sentimientos. Tema muy delicado, con el qué le aseguro puede herir a mucha gente. Afirma sin cortarse, qué en los descendientes de los expropiados, surgió a posteriori la nostalgia. ¡Vaya por Dios! Mire; la nostalgia surgió en el primer momento, en los principales actores del proceso y en sus descendientes, en aquel pantano y en todos. Una nostalgia pesada, que llevamos el resto, eso sí, quizás menos pesada y dolorosa. Pero, ¿es qué pretende quitarnos a los descendientes, el único derecho que nos queda, el derecho moral de seguir sintiéndonos hijos de nuestra tierra? ¿quién es usted para cuestionar los sentimientos de los demás? ¿acaso está convencido de que hasta por ese derecho hemos sido indemnizados?
Ahí me he quedado, profesor. He terminado rompiendo el artículo para dejarlo archivado bajo mis pantuflas, porque mis fuerzas no me permitían seguir leyendo una letra más. Sólo decirle que creo se descuidó en elaborar ese sesudo trabajo. Quizá años atrás su artículo lo hubiese comprado más de uno, para que nuestra montaña tuviese cuatro pueblos menos y, quién sabe, algún pantano más que habrían hecho crecer nuestra provincia de manera mucho más ardorosa. Y, por encima de todo, qué en mi opinión, ha divulgado usted la falsedad con absoluta mala intención. Embalse del Porma: Otra mirada desde la realidad.