TRIBUNA
En tiempos de desolación, no hacer mudanza

E ste es el consejo ignaciano para los momentos difíciles: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación».
Entendía Ignacio de Loyola por desolación «la oscuridad del alma, la inquietud de agitaciones y tentaciones, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia y triste y como separada de su Criador».
Esta parece ser la situación por la que atraviesan muchos católicos en los Estados Unidos y en la Iglesia en general, después de conocer el informe del Gran Jurado de Pensilvania que revela, con detalles dolorosos, el mal institucional y la cultura del encubrimiento que permitió a muchos miembros de la iglesia abusar con impunidad de niños inocentes.
En mi última visita a los Estados Unidos, algunos amigos católicos y otros que no lo son me preguntaban cómo un católico normal puede quedarse en una iglesia que permite o silencia tales aberraciones. No resulta fácil dar una respuesta convincente, pero para mí, y creo para muchos católicos, la iglesia no es como un partido político en el que tratas de buscar unos objetivos políticos.
La Iglesia es más bien un lugar donde te sientes en tu casa incluso cuando algunas personas en tu propia casa te hagan la vida imposible.
Si alguna vez hubo momentos en la historia de la Iglesia en los que los católicos pudieron desmoralizarse y pensar en abandonar, yo creo que nos encontramos en uno de ellos.
Por supuesto, la crisis de abuso sexual en Estados Unidos no es nueva. Ya en el año 2002 el Boston Globe hacía unas declaraciones explosivas que llevaron a muchos católicos de Estados Unidos a perder la confianza en parte del clero y en algunos obispos y a abandonar la Iglesia.
Pero las últimas revelaciones sobre el excardenal Theodore McCarrick y el informe del Gran Jurado de Pensilvania de más de 1.300 páginas en las que detalla el presunto abuso sexual de cientos de sacerdotes católicos a más de 1.000 niños, han llevado a muchos católicos a plantearse su permanencia en la Iglesia.
Ya no hay dudas sobre la escala de este mal sistémico. Si lo que ocurrió en Boston no fue la norma, los detalles de Pennsylvania prueban que no fue un hecho aislado.
Si bien es cierto que la mayoría de estos casos de abuso ocurrieron hace años, y que los obispos de Estados Unidos publicaron una Carta para la Protección de Niños y Jóvenes en 2002 que ayudó a reducir significativamente el número de abusos en los últimos años, este ha sido un verano de angustia y sobresalto para todos los católicos.
Alrededor de 5.000 católicos de Estados Unidos, incluidos teólogos y académicos, han firmado una declaración en la que piden a los obispos del país que renuncien a su cargo, como lo hicieron en su día los obispos chilenos a requerimiento del Papa Francisco.
Por otra parte, el informe de Pensilvania ha llevado a los jurados de al menos seis estados: Nebraska, Nuevo México, Florida, Missouri, Illinois y Nueva York, a plantearse sus propias investigaciones sobre los archivos secretos de la iglesia.
Ante esta situación de auténtica desolación, el consejo ignaciano vuelve a cobrar actualidad e importancia. Resulta difícil aceptar que la iglesia haya estado en manos de hombres que abusaron de niños, abusaron del poder y profanaron lo sagrado.
La iglesia siempre ha sido una institución humana defectuosa, pecaminosa, llena de oscuridad, pero también de luz. Ante estas contradicciones Ignacio de Loyola recomienda que hay que estar «firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación».
Muchos cristianos han perdido la confianza en los sacerdotes, en algunos obispos y cardenales, pero siguen creyendo en la Iglesia como pueblo de Dios, en la Iglesia que les enseñó a rezar, a trabajar por la justicia, a ejercer la caridad.
Mientras que algunos de sus jerarcas han mancillado el nombre de la Iglesia, la barca de Pedro sigue su rumbo, capeando el temporal. En medio de tanta desolación, yo quiero recordar toda la bondad, la sabiduría y el espíritu de entrega de tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia han dado su vida por Cristo y por los hermanos.
Con todos esos compañeros, vivos y muertos, seguiremos luchando para reconstruir la iglesia desde dentro. Como me decía hace días un católico de base de Nueva York, «mientras que muchos están abandonando la Iglesia, muchos jóvenes nos quedamos para luchar por la reforma de la iglesia a raíz de los escándalos».
A todos aquellos que se encuentren desconcertados y en crisis de permanencia, les recuerdo el consejo ignaciano: «En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza».