TRIBUNA
El aleteo de una mariposa

E stoy sentado leyendo las noticias políticas que asolan en nuestro país. Me levanto, miro por la ventana y la ciudad parece mantener el mismo ritmo monótono, de siempre, mientras una mariposa inicia el vuelo. Me pregunto, una vez que me acomodo nuevamente en mi butaca, qué motor dinamizará la historia humana: ¿El amor, el dinero o el poder?
Doy por hecho que la salud es un bien necesario, que sólo se valora cuando se pierde, luego no parece interesante interrogar esta premisa a la luz de la inquietud matutina, pero cómo enjuiciar lo demás. Con dinero se puede conseguir el poder pero no el hechizo del amor; con poder se puede alcanzar dinero pero no ese elixir mágico de fusión y completud; y con el simulacro amoroso se puede obtener poder y dinero, pero de ese modo éste pierde su verdadera esencia al convertirse en vano interés: porque amar es dar lo que no se tiene.
Sí, es cierto, pienso que el amor ni se puede comprar ni adquirir a través del poder, pero también creo, sinceramente, que no es el afecto que ha dinamizado la historia; más bien, al contrario, es su cenicienta pobre y por eso el mundo sigue funcionando a trompicones en esta lógica, que todos observamos.
El poder y el dinero como fines últimos a alcanzar, aunque convenga enmascararlos, por supuesto, bajo la promesa de amor para todos, como bien único y deseable. Ya ven: el encendido pathos en medio del control autoritario y de las heces, en términos psicoanalíticos.
Platón decía que los poetas mentían demasiado y que había que erradicarlos de la ciudad, y probablemente así piensan también nuestros políticos, hechizados por el poderío. Pero la cultura habría desaparecido de la faz de la tierra si no hubiera sido por esta promesa y esperanza de amor, que promueve la poesía, y que brota en el alma humana, en medio de un mundo de codicia y de ambición. Luego, retomando la pregunta, el poder y el triunfo del dinero son, a mi modo de entender, la fuente perseverante que alimenta esta maquinaria de deseos y de apetencias políticas a lo largo de la historia, siendo el amor su reverso imaginario y simbólico, cándidamente en oposición contra todo esto.
Y ahora una premisa a valorar a la luz de esta conjetura. La felicidad celestial y la lucha de clases a la que aludía Herr Marx no buscaban propiamente el amor, que es una ilusión, ni la fraternidad, que es un sueño en medio de la tormenta, ni mucho menos la igualdad, que es imposible, ni siquiera la libertad, que es una quimera de nuestra época, sino tan solo el gobierno terrenal, como bien hemos podido comprobar después de tantos años de creencias religiosas y seculares, de todo tipo. Creo que, con esta premisa, se entiende mucho mejor lo que sucede en el mundo actual que, por otra parte, es lo que siempre ha acontecido, aunque cambie el formato o el estilo. El motor que empujaría la maquinaría de la historia, más allá de las múltiples ideas y promesas de redención o salvación, sería la lucha por la supremacía. Y aquí, como decía muy bien el camarada Maquiavelo, todo vale, puesto que el fin justifica los medios. Que hay que mentir, pues se miente; que calumniar o difamar, pues se hace; que se precisa espiar los secretos de alcoba para conseguir ciertos objetivos, pues se realiza; que se necesita conocer las intimidades con las argucias de los movimientos de las nalgas, pues se buscan cuerpos cómplices, prestos a culminar tal empresa… Si la verdad no importa, puesto que en la hipermodernidad parece que no existe, entonces, simplemente todo se orienta hacia la culminación del objetivo último.
Y en esto parece haberse convertido el sistema político después de tantos años de promesas y de esperanzas, basadas, precisamente, en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Cualquier instrumento se utiliza en esa lucha a muerte por el puro prestigio, que creen, ilusoriamente, otorgaría el poder. Sed de mando que se infiltra, por otra parte, en cualquier estamento social o institucional, puesto que para algunos egos esta pasión por la potestad es lo que más los acerca a la dimensión divina. No hay más que ver la manera en cómo muchos ejercen esta autoridad desenfrenada, que sólo busca el control despótico, cuando no cierto sentido de la humillación.
Mientras tanto, la pobre sabiduría y su amiga cenicienta, el amor, conversan entre los bastidores de la historia, que nos gobierna, murmurando, sollozando, interrogando e implorando, con sus palabras, un verso de paz y de nueva confianza que otorgue cierto porvenir a las ilusiones.
Ahora bien, se confunden todos aquellos que hacen del poder su garantía existencial, porque lo que más nos puede acercar a los dioses, si estos existieran, es la dimensión creativa que se nutre del amor a lo auténtico, a lo singular. Y, en este punto, harían mejor por acercarse al canto de las sirenas, o por acariciar la lira, o por trazar una imagen en la estela del lienzo, o por escenificar el murmullo de las sílfides, o por desplegar su mano ante el desamparo humano.
¡Por supuesto que así, la historia cambiaría de rumbo! Pero, ¿es posible tal mutación?
Vuelvo a mirar por la ventana y veo a lo lejos el movimiento aleatorio de una mariposa mientras una idea me asalta con celeridad. Si como argumentan algunos científicos, el aleteo de una mariposa en Texas puede ocasionar un tsunami en Brasil, entonces, tal vez cualquier acto auténtico, singular, en defensa de la creatividad y del amor, puede modificar el devenir de la historia.