Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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Vaya por delante que cualquier alternativa a la pérdida de los centenares de empleos del cerrojazo de Vestas es bienvenida. Lo primero siempre es antes, que decía aquel. Lo segundo, hacer las cosas bien en la medida de lo posible. Y ahí el asunto está por ver, aunque amenazan nubarrones desde todos los frentes. No vale todo a cualquier precio, y las administraciones deberían ser las primeras en poner cordura en esta alocada carrera en la que parece que los egos políticos (y algunos personales) están anteponiéndose a la razón. Aquí de unidad nada, si se puede dar en los morros al gestor de enfrente doble satisfacción. Y eso que hasta el momento no hay nada concretado. Y que la multinacional danesa sigue sin entrar al trapo del tira y afloja entre la Junta y el Gobierno. Tiene lo que quería: sacará su producción y despedirá a la plantilla. Si hasta ahora no ha atendido otras razones, qué esperar sobre lo que se reserva para el futuro, cuando ya no tenga nada que rascar por aquí.

Mientras, en la carrera de méritos en la que se han empeñado, los gobiernos que han censurado a la eólica por cumplir la legalidad de las subvenciones y tomar sus decisiones empresariales se vuelcan en prometer el oro y el moro a los que dicen querer quedarse con la nave de Villadangos, y ya veremos con qué más. O sea, fiando de nuevo al apoyo económico público la inversión. No hay más garantías que antes, de lo que se deduce que a pesar de conocer la historia, pueden volver a repetirse los que los propios políticos han considerado errores a enmendar. Ni siquiera se han tomado la molestia de buscar otras formas de equivocarse.

Hay que felicitarse de que la planta de Vestas en Villadangos tenga tantos novios, aunque no se sabe para qué, de hecho no sabemos quiénes son todos, ni siquiera cuántos son. Porque todo es sigilo en el fondo de la cuestión. Y voces (¿destempladas?) en las formas de anunciarlos. Si en esta provincia el suelo industrial fuera un bien preciado por escaso e inalcanzable no habría duda de las intenciones de los aspirantes. Como no es el caso, las celestinas deben de tener otras intenciones y justificaciones. Sólo nos queda confiar en que no se cumpla aquel principio que proclamaba Eduardo Mendoza: «La vida es un tiovivo que da vueltas hasta marear y luego te apea en el mismo sitio en el que has subido». Cruzo los dedos.

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