fuego amigo
La batalla de Villadangos
Cada agosto y desde hace un par de décadas, Villadangos recuerda con un mercado medieval y su representación histórica la batalla de 1111, que pareció dejar maltrechos los intereses leoneses por mandoble aragonés, para facilitar quince años después la llegada a la corona del rey emperador Alfonso VII. Protagonistas de aquella contienda fueron Urraca de León (1079-1126), primera reina europea con sus huestes gallegas, y el cornudo Alfonso I de Aragón, llamado el Batallador, con auxilio portugués. Sin duda, Urraca fue una mujer muy superior a las expectativas de su tiempo y esa anticipación le hizo la vida sumamente complicada.
Hija de Alfonso VI, que la tradición atribuye a relaciones incestuosas con su hermana, se verá relegada en la sucesión por su hermanastro Sancho, hijo de Alfonso VI y de la mora Zaida, hasta que falleció en Uclés el 1108. Urraca se había desposado a los ocho años con Raimundo de Borgoña, movido por la ambición de ser rey sin lograrlo. Después de aguardar cobijados por el conde Ansúrez la edad de poder consumar su matrimonio, Raimundo y Urraca tuvieron dos hijos: Sancha, en 1095, y Alfonso, en 1105. Pero a los dos años de quien iba a ser Alfonso VII el emperador, su padre Raimundo murió sin poder cumplir la ambición regia. Entonces la corona recayó en una mujer por primera vez en Europa, después de que la viuda Urraca enterrara a su padre en Sahagún aquel verano de 1109.
Pero la corte le plantea la exigencia de tener marido y se casa en Monzón durante las vendimias de 1109 con el monarca aragonés. La Crónica de Sahagún califica aquel matrimonio como «un ayuntamiento excomulgado y maldito», recordando que las heladas del tardiego agriaron el nuevo vino. Acaso sin pretenderlo, la deriva empresarial de la eólica Vestas durante estos meses últimos ha venido a rescatar la semblanza de Urraca, una reina pionera que supo aguantar toda suerte de traiciones hasta entregar la corona leonesa a su hijo Alfonso, que sólo tenía cuatro años cuando ella tomó el relevo de su abuelo.
Si durante el verano la memoria acudía traída por los desprecios a Villadangos de los daneses, en estas últimas fechas adquieren fuerza de reclamo tanto los engaños traicioneros como el ánimo electoralista de protagonizar su arreglo. Y también en esta fase sirve Urraca como ejemplo seductor: una reina de novela, que doblegaba a los hombres con su belleza. Entregada a su amante castellano Pedro de Lara, con quien tuvo dos hijos, humilla al rey aragonés, que sólo logra una consumación postrera ante testigos cuando le da la espalda, y al desleal arzobispo Gelmírez, que fue su amante impotente y para vengarse del baldón mandó tallar a Urraca como la mujer adúltera en la portada románica de Platerías.