Diario de León
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EL CORRO PEDRO VICENTE
León

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E l inestable tablero de la política española ha registrado hace unos días dos movimientos casi simultáneos que suponen todo un salto cualitativo en el creciente proceso de polarización izquierda-derecha desencadenado a raíz del relevo en La Moncloa.

El acuerdo presupuestario suscrito entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias reviste el alcance de un pacto de legislatura entre PSOE y Podemos, dos partidos que han aparcado sus fuertes recelos recíprocos para sellar una alianza estratégica destinada a prolongar la legislatura. Tras la moción de censura que jubiló a Mariano Rajoy, en realidad ambos estaban condenados a entenderse. Sánchez no tenía otra alternativa aritmética para sobrevivir a su manifiesta precariedad parlamentaria. E Iglesias no tenía otro remedio que apuntalar al gobierno socialista, aún a costa de acabar asumiendo la línea política defendida por Iñigo Errejón y derrotada en Vistalegre 2.

Aunque expresado a través de un dirigente territorial, el otro movimiento de calado ha corrido a cargo de Ciudadanos, cuyo lider en Andalucia, Juan Marín, ha pasado de sostener a Susana Díaz a renegar de dicho apoyo y descartar rotundamente cualquier futuro entendimiento con el socialismo andaluz. Tras este giro copernicano se adivina a la legua la mano de Albert Rivera, quién refuerza así su política de abierta hostilidad hacia el PSOE. Si el PP como partido no perdona su inesperado desalojo del poder, Rivera respira por la herida de la frustración personal de una moción que ha dado al traste con la convocatoria anticipada de unas elecciones generales de las que llegó a creerse virtual ganador.

Independentistas, nacionalistas y otras minorías aparte, el resultado de todo lo anterior es una irreversible polarización de la política española en dos bloques cada vez más impermeables entre sí. Nítidamente a la izquierda, PSOE, Podemos y sus confluencias; inequívocamente a la derecha, Ciudadanos y PP, el primero prófugo de su antigua vocación centrista para disputar el electorado netamente conservador al neoaznarismo de Pablo Casado, que a su vez se afana en achicar terreno a la ultraderecha de Vox.

El frentismo entre ambos bloques —irreversible si el gobierno socialista consigue cuadrar el sudoku presupuestario— y sus consiguientes vetos cruzados imposibilitan cualquier combinación izquierda-derecha en las futuras alianzas poselectorales. La reedición del aquel «pacto del abrazo» entre Sánchez y Rivera es ya inimaginable. Y ello arruina por cierto las expectativas de alternancia política en una comunidad como Castilla y León, donde la única opción aritmética del PSOE pasaría por su alianza con Ciudadanos, ya que pensar que el bloque de izquierdas puede sumar aquí mayoría asboluta constituye una auténtica quimera.

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