LA GALERNA
Pequeños privilegiados
Nos empeñamos con demasiada frecuencia en buscar aquello que es mejor para nuestros hijos sin darnos cuenta de que, con tanto pensar, se nos olvida lo importante: ellos.
Queremos que vayan al mejor colegio, que sean buenos estudiantes, hábiles en matemáticas y en lengua y que aprendan inglés. Pero además, que hagan deporte (y que lo hagan bien), que si juegan al fútbol metan goles, que si practican atletismo corran como gacelas, que no sean ‘los últimos’ de la clase y que, ya de paso, saquen buenas notas. Casi nada.
Pero además, nos gusta que sean los primeros. Los primeros en dejar el pañal, los primeros en empezar a andar, los primeros en aprender a montar en bici, los primeros en aprender a leer, a contar, a escribir...
Es una especie de obsesión que tiene a los padres como únicos dueños. Queremos que nuestros hijos sean los mejores y descuidamos lo más importante: su infancia. Vivimos demasiado pendientes de lo que se supone que tiene que ser y descuidamos el ‘ser’ auténtico, el de verdad.
Acabo de leer que en una pequeña escuela rural sólo hay tres niños y una maestra. A simple vista, puede parecer, además de un caso poco común, que aquí la educación no se tiene en cuenta. Total, para tan pocos niños y el nivel académico será bajo. Además, ahí aislados, en un pueblo, lejos de la civilización, ¡qué van a aprender!. Al menos eso leo en los comentarios.
A mi me resulta interesante. Menudos privilegiados esos niños que tienen a una profesora para compartir sólo entre tres. En esa escuela no hay deberes y sí mucho campo y tiempo libre. El tiempo (libre) y el juego son los grandes valores de la infancia. Dos conceptos minusvalorados en favor de jornadas milimetradas casi al minuto, con extraescolares y deberes después de horas sentados en un pupitre, como parte de una sociedad donde sólo hay prisa y apenas queda tiempo para nada más. En las escuelas rurales como ésta de la que hablo, el tiempo lo marca el paso de las estaciones, hay libertad, hay infancia. Aquí lo importante es disfrutar, que es la mejor manera de aprender. La única, diría yo. Una maravilla aprender sin prisas, dejando que la curiosidad sea la que marque los tiempos de estos pequeños privilegiados.