cuerpo a tierra
El bisonte y la despoblación
Ahora que todos estamos hablando de la demotanasia, el término universitario popularizado por Paco Cerdá en su libro Los últimos para referirse a la muerte demográfica, la vulgar despoblación, a mí las proyecciones de cifras de habitantes para el León futuro me dicen bastante menos que ese bisonte que se ha fugado del paraíso natural del valle de Anciles, coincidiendo con esa llamada de la sangre a perpetuarse que viene a ser el celo. Mientras los expertos geógrafos vaticinaban que en esta provincia durante los próximos tres lustros se irán por el sumidero del abandono otras cincuenta mil almas sin tan siquiera decir adiós, y que una cuarta parte de las que permanezcan pasará de los setenta años, la fuga de ese bóvido, su frustrada noche de picos pardos y su aliento de supervivencia, me parece que ha inspirado mejores y más claras reflexiones que las conferencias de presidentes, las cátedras y simposios y los debates de los tertulianos omniscientes de la tele.
Aunque algunos ya conocerán esta iniciativa, expliquemos que en el corazón de la montaña leonesa se introdujeron bisontes, búfalas y caballos pottokas, que eran los ponis de la cordillera cantábrica en el paleolítico. Una reserva de quinientas hectáreas los acoge con la intención de en el porvenir realizar turismo de naturaleza. Como existe una zona que es monte de utilidad pública, a la que no se puede aplicar un cerramiento blindado, ya van dos ocasiones en que uno de los cinco bisontes, atendiendo al reclamo de los genes, se escapa en busca de las hembras de las que carece su manada. Se está en gestiones para traer compañía a estos solteros y primitivos bóvidos, que pronto podrán disfrutar y padecer las glorias del gineceo.
Lo que a mí me interesa, más allá de los símiles que bien pudieran aplicarse a esta anécdota, son las declaraciones que ha realizado el alcalde de Riaño, Fernando Moreno, encauzadas a intentar paliar estos arrebatos juveniles. «Lo que hay que hacer», ha dicho, «es crear aquí su núcleo familiar, un núcleo en el que tengan de todo, alimentación y reproducción. Porque en el momento que algo falla, el animal va a intentar buscarlo». Y ha rematado, para mí con mucha sabiduría: «No surge ningún interés en abandonar este espacio siempre que cuenten con alimentación, agua y un entorno adecuado como el que cumple el paraje de Anciles». Lo demás, brindis al sol.