El rinoceronte blanco
Juan Carlos Mestre pidió permiso para ir al cuarto de baño. El presentador le disculpó. Y cuando el poeta de Villafranca del Bierzo regresó a la librería, abarrotada de fieles, lo hizo convertido en unicornio.
Podría haber sido cualquier cosa. La cabeza de un elefante, animal muy noble y de piel dura; la osamenta de un búfalo, el señor de las grandes llanuras; la melena de un león, majestuosa en la sabana; o el plumaje de un gavilán; incluso la cara de un ángel de sexo indefinido.
Podría haber sido cualquier rostro lo que Mestre llevaba sobre los hombros hace unos días, cuando volvió del cuarto de baño de la librería Enclave, en la calle Relatores de Madrid, y, cencerro en mano, sorprendió a la audiencia que llenaba la tienda de libros para escuchar lo que tenía que decir sobre su último poemario; museo de la clase obrera, así sin ninguna mayúscula, editado por Calambur.
Pero era un rinoceronte blanco. Y todo el mundo sabe que los rinocerontes inmaculados eran los unicornios de nuestros ancestros, los animales inmortales, el símbolo de la pureza, de la eternidad.
Menuda performance. Menuda metáfora. Mestre callado durante tres minutos interminables, con la máscara de un animal mágico en la cabeza, un pesado volumen de legajos en una mano y el sonido de un cencerro —o de una campana— que vaciaba el eco que habían dejado las palabras de los dos presentadores.
Después de tres minutos, o cuatro, en un instante así el tiempo parece que corra más despacio, Mestre se quitó la careta y bajo la piel del unicornio apareció su cabeza de poeta berciano, el pelo revuelto y encanecido, dispuesto a recitar los primeros versos del museo de la clase obrera con voz renovada, liberada de artificios.
Así nos habló de las patatas enterradas en un cuadro de joan miró (con minúsculas), de los relojes desarmados y la vagoneta beis aparcada en un callejón, de los astros que llevan vida de soltero, del perro que habla al amanecer, de una antología de payasos escogidos, de la noche en la que Ginsberg le paró por la calle, y de una taberna llena de ángeles diagnosticados de esquizofrenia. Todo eso cabe en el museo de la clase obrera, recién salido de la cabeza inmaculada de Juan Carlos Mestre.