TRIBUNA
Sobre las relaciones y la comunicación

L os seres humanos somos por naturaleza seres de relaciones, de comunicación y colaboración, por lo que no podemos vivir aislados y enfrentados, sino unidos en unas relaciones cordiales y amistosas, en una convivencia pacífica y en el respeto a las diferencias; solo así es posible el progreso y la evolución de la humanidad. Esta idea debería dejar de ser un simple ideal humano que viene de lejos, para convertirse hoy en una realidad, y hay diversas razones para ello. La primera es el principio de la unidad esencial de la naturaleza y de la vida, de que todo está unido en esencia, nada existe separadamente más que en la mente y la conciencia limitadas del ser humano. Así lo han manifestado los Maestros de sabiduría de todos los tiempos, y hoy es reconocido por la ciencia y la psicología más avanzadas. El físico David Bohm dice: “El verdadero estado de cosas del mundo material es la totalidad. Si estamos fragmentados, debemos achacarlo a nosotros mismos”.
Otra razón es que somos una sola raza con diversas culturas, que enriquecen la vida de los pueblos del mundo, particularmente y en conjunto. Otra más es el hecho de la Fraternidad Universal, defendida en los Documentos Internacionales de Derechos Humanos, y en especial en la Declaración Universal, en su artículo uno. Y aún otra podría ser la experiencia histórica de que los enfrentamientos y las guerras no han conseguido solucionar ninguno de los grandes problemas de la humanidad, únicamente han impuesto el poder y el control de unos pueblos sobre otros, y más tarde de estos sobre aquellos, en un círculo sin fin.
Esto significa que la humanidad, si de verdad desea evolucionar y no permanecer estancada e inmovilizada, tiene que abandonar las relaciones de poder y control, de pura competitividad material entre los más fuertes, y en especial de sometimiento de los fuertes sobre los débiles, porque esto lleva siempre al conflicto, al fracaso y la frustración sociales, de donde surgen, posteriormente, los enfrentamientos y las guerras. Por el contrario, la humanidad ha de comenzar a tomar conciencia de la necesidad de establecer, además de las relaciones políticas, económicas y comerciales entre los pueblos, unas verdaderas relaciones humanas, donde el interés principal se centre en los derechos y deberes de las personas, como ciudadanos libres y responsables, y en un intercambio de las riquezas culturales y espirituales de cada uno de los pueblos del mundo.
Este tema de las relaciones ha de llevar también a la humanidad a asumir el privilegio y la responsabilidad que tiene con los otros reinos de la naturaleza, a prestar sus servicios a los reinos subhumanos, a los que no debe depredar sino colaborar con ellos en bien del conjunto, en beneficio de todo el Planeta. Es una de las mayores responsabilidades de la humanidad actual. El Planeta nos está haciendo ver, cada día con una mayor insistencia y en su lenguaje simbólico, los graves errores que la humanidad está cometiendo y la urgente necesidad de tomar las medidas oportunas.
Pero esa verdadera relación y comunicación humanas solo pueden establecerse cuando el hombre ha superado lo puramente individual y personal, y ha conseguido desarrollar la empatía y el interés por los demás. Esto significa que ha de elevarse por encima de la conciencia del yo personal, del cuerpo y la materia, donde predominan el egoísmo y el individualismo, hasta los planos humanos más elevados, donde prevalecen la fraternidad y la generosidad, y donde son más fácilmente realizables la relación y la comunicación humanas.
Pero nada de esto será posible hasta que el ser humano logre desarrollar la parte más noble que hay en él, en su interior, el verdadero espíritu del hombre, lo que le diferencia de las bestias, como es el respeto y la tolerancia, la honestidad y la dignidad, y en general, lo creativo y lo positivo. Para ello ha de traspasar los estrechos límites de su mente racional y de su conciencia egoísta, que han generado ese concepto de separación y esas barreras entre los pueblos, y entre unos ciudadanos y otros, y comience a ver el mundo con una mente más abierta y con una conciencia de unidad y armonía.
¿Cómo pueden los pueblos del mundo llegar a desarrollar este conocimiento y esta conciencia respecto a sus relaciones humanas? A través del pensamiento y la reflexión, y principalmente a través de una Nueva Educación, ya emergente en nuestro mundo y que pone en el centro el valor de la persona, como un ser esencialmente comunicativo, sociable y participativo, sujeto de derechos y deberes, y que tiene la responsabilidad, ante los otros reinos de la naturaleza, de mantener el equilibrio entre todos ellos y el propio planeta. Hacia este objetivo debería dirigirse toda la sociedad, como una obligación y una necesidad de cualquier sistema democrático, desde los gobernantes a los propios ciudadanos. Y en cuanto a nuestro país, ¿no es una de sus necesidades más urgentes, en unos momentos difíciles de intransigencia e intolerancia por los que está atravesando?