TRIBUNA
Orfandad oculta o menores pimpón

A primera vista, puede resultar extraño para mis lectores el título de esta reflexión, cuyo fin es el de recordarnos la efeméride del día internacional del menor, es decir, de todos los menores.
Existe una orfandad real y de ella hemos de aprender todos a hacer el duelo adecuado y pertinente para que la pérdida de los seres queridos no nos produzca daños mayores. Se trata del hecho causado por la muerte del padre, de la madre o de ambos progenitores, bien por enfermedad, bien por accidente. En el caso de menores de edad, tal desvalimiento nos lleva a protegerles, proporcionándoles un nuevo hogar mediante acogimiento, normalmente dentro del entorno familiar, o mediante la adopción legal que les regala una nueva familia en la que puedan superar tan grave pérdida.
¿Por qué esta introducción?, pues, sencillamente, porque como educador y tutor que fui, me preocupa cada vez más, lo que observo con dolor: ante todo, el bajísimo índice de natalidad de nuestro país, uno de los más bajos de Europa, hasta el extremo de tener invertida la pirámide de población; después, como agravante de lo anterior, el hecho de que, en la actualidad, un elevado número de nuestros menores, debido a las frecuentes y reiteradas separaciones matrimoniales, se convierten realmente en huérfanos, pero con una orfandad de la que no pueden hacer el duelo adecuado, porque sus padres biológicos siguen vivos, si bien sólo ejercen una función tutora parcial, en el mejor de los casos, y en muchos otros, su tutoría, decretada por sentencia judicial, queda casi reducida a la aportación económica que mensualmente hay obligación de transferir.
Todo esto, me dirán muchos, es lo legal y yo replico que la ley marca unos mínimos, pero casi nunca los máximos exigibles. Más aún, observo con tristeza que un niño o una niña de corta edad, también los adolescentes, necesitan, por supuesto, la pensión alimenticia y una casa de cobijo, pero tanto y más necesitan y reclaman el calor, la presencia diaria de papá y de mamá.
Hace ya más de diez años, con motivo de esta fecha, escribí en este mismo periódico un artículo titulado Hogares o incubadoras , con el símil de la crianza de los pollos. Éstos pueden nacer y crecer al calor de una clueca y en compañía del gallo, dentro del corral familiar; pero a nivel industrial o de granja, también nacen a cientos los pollitos en las cajas incubadoras, donde los huevos eclosionan al calor de una lámpara eléctrica, sin la necesidad de la presencia y compañía de la madre clueca ni del padre gallo. Crecer al calor y cobijo del plumón suave de la gallina madre, con presencia y en compañía del gallo, resulta para la especie avícola y mayormente para la especie humana, además de muy saludable y gratificante, enriquecedor y muy necesario para la salud psíquica y física.
Los menores que desde pequeños o desde la adolescencia tienen la desgracia de perder la presencia cálida y armoniosa de alguno de sus progenitores, porque cada uno se va a formar otro hogar, esos menores, reafirmo y subrayo, sufren una durísima orfandad oculta, mucho más dañina para su estructuración personal y su buena maduración, que la orfandad real, originada por el fallecimiento de uno o ambos adultos, pilar y fundamento del hogar familiar. La muerte da paso al duelo y a la asunción de esa trágica realidad, que intentamos suplir mediante la acogida o la adopción. La orfandad oculta no tiene, en la mayoría de los casos, suplencia adecuada; suele ser más bien un parcheo que ejercen, como buenamente pueden, los padres vivos pero separados, con mentes y conductas divergentes, más centradas en sus nuevos hogares que en la primera prole. Estos hijos, no siempre, pero sí en plurales ocasiones, pasan sus años de infancia y adolescencia cual pelotas de pimpón, con las que los adultos juegan (inconscientemente y sin pretenderlo), cada fin de semana o cada quince días: este «finde» con papá, el siguiente con mamá, éste otro con papá y vuelta al peloteo, sin domicilio fijo, expuestos a múltiples accidentes, que pueden producirse y se producen en el intercambio, unas veces rítmico y casi natural, pero en otras, atípico, arrítmico, anormal, insano, porque siempre falta uno: o papá o mamá: Uno, el ausente, siempre está en la distancia física y, muchas veces, también en la afectiva, porque las distancias enfrían las relaciones.
Esa es la orfandad maldita que yo llamo oculta, con todas sus secuelas y consecuencias, nunca positivas para la maduración y la salud mental del menor huérfano. Aquí, sin haberlo pretendido ni buscado, defraudamos un derecho fundamental de todo menor traído al mundo: su derecho a tener y disfrutar de la protección presencial física y afectiva de sus padres en un hogar normalizado, por lo menos, hasta la edad adulta. Una infancia y adolescencia itinerante o de peloteo siempre deja cicatrices dolorosas e infectas. ¡Tenemos pocos y los tratamos mal!
No pretendo con todo lo dicho, y acabo, afirmar que la única solución está en la convivencia de las parejas que no se entienden o se maltratan. ¡No! Pero es que hoy toca reflexionar sobre los sufrimientos, tantas veces olvidados, de los menores. Los adultos tenemos más salidas y defensas que nuestros retoños y, de ahí que debamos poner todo el empeño, aguzando nuestro ingenio y sensibilidad a la hora de no causar daños irreversibles a los hijos que traemos al mundo sin antes haberles preguntado lo que ellos piensan, sienten. No podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad y condenarlos inconscientemente a tan dura orfandad, esa que nunca se suple con regalos caros. El mejor regalo es la cercanía y el afecto sinceros y éstos son posibles hasta cuando la necesidad nos empuja o nos obliga a separarnos civilizadamente, tras constatar que la convivencia pacífica no es posible.