TRIBUNA
La estrella de Guzmán el Bueno

« Usted —como leonés— podría escribir una biografía de Alonso Pérez de Guzmán (más conocido como Guzmán el Bueno)». Me dijo hace bastantes años Juan de Contreras, catedrático de historia (conocido por el marqués de Lozoya). Era en los tiempos en que éste desempeñaba el cargo de vocal de la Mutualidad de Escritores, siendo presidente Ángel María de Lera (Novelista), y el que escribe éstas líneas ejercía la dirección de la entidad (1971-73). Como observará el lector, han transcurrido muchos años hasta el presente (2018). Pero, curiosamente, las ideas permanecen, y las ilusiones también. ¿Por qué ahora, (y no antes) me presto a escribir esta biografía de un leonés: héroe, guerrero y conquistador? Quizás merezca una explicación. Visitaba no hace muchos meses Andalucía, y una guía de viajes, al llegar a Sevilla comenzó a hablar de hechos históricos, y de la gesta de Guzmán el Bueno, casado con una sevillana: María Alonso de Coronel de notoria estirpe nobiliaria. Seguía comentando aquella guía de la proyección histórica de Guzmán, y que se prolongaba a través de muchas generaciones con la casa condal de Niebla y ducal de Medina-sidonia, etc. etc. En seguida observé que se había olvidado de su nacimiento en León (1256). Llegado ese momento, no pude resistirme para advertirle, con todo respeto, que debía haber manifestado que el héroe de Tarifa era leonés. Entonces inconscientemente, me acordé de la sugerencia del marqués de Lozoya, después de tanto tiempo marginada. Por eso quiero ser consecuente, y me propongo escribir, con su inspiración, una biografía de nuestro héroe leonés en sus marcos: histórico, social, cultural y económico, en torno al siglo XIII, en conexión con la Reconquista, con hechos para muchos lectores, quizá, desconocidos.
Se ha dicho que todos nacemos con una estrella; con unos talentos, con una misión; en definitiva, con una vocación. En este sentido, Alonso Pérez de Guzmán, (24.1.1256) vino a este mundo con una vocación de servir a la España cristiana de entonces. Es sabido que el que tiene una idea hace todos los esfuerzos para conseguirlo. Esta es la estrella de Guzmán el Bueno. La vocación (la llamada) no es un acto contemplativo sólo, necesita entrega y lucha para conseguir sus objetivos; una mente clara y una entrega en profundidad. Vivir para ser fiel a su rey, sabiendo que tiene una misión en su destino para formar su código de conducta; en el éxito, y en la adversidad. La nobleza no se regala, se conquista como en el caso de Guzmán que tenía un ‘hándicap’ en su nacimiento: era un hijo bastardo, aunque, a decir verdad, superó con creces su condición sobrevenida. Su padre era un gran personaje: Adelantado mayor de Castilla, en los reinados de Fernando III el Santo (rey de León y Castilla), y de Alfonso X el Sabio (rey de Castilla y León). ¿Así es, si así os parece? Con estos antecedentes, el niño Guzmán no podía quedar aislado de una formación cualquiera. De ahí que su padre se interesara, desde el principio, por una educación y formación acorde con el origen familiar. Se ha de tener en cuenta que va a desarrollarse en un marco guerrero: la Reconquista. Nos hallamos en el siglo XIII, precisamente cuando Castilla y León constituyen la clave de la conquista de la España musulmana localizada en la baja Andalucía. Las Españas de entonces —nunca, naciones— se enfrentaban la musulmana y la cristiana, la sometida y la reconquistada.
La reconquista, pues, de los territorios dominados por los musulmanes, fue la gran tarea de los reyes de Castilla y León. Aquella etapa inicial de los reyes astur-leoneses quedaba superada por las numerosas incursiones de los moros. Es notorio que aquellos mozárabes (cristianos que vivían en la España musulmana) por un lado, y por otro, los mudéjares (musulmanes a quienes se permitía seguir viviendo entre los vencedores cristianos) contribuyeron, en buena medida, a la convivencia en la España cristiana. Ahí queda su creación monumental y cultural en diversos territorios de España. Hasta el siglo XIII se registraban avances y repoblaciones de forma esporádica y discontinua; incluso hubo una época vergonzosa de dominio musulmán en la frontera astur-leonesa que era preciso pagar un tributo a los califas de Al-Ándalus: “el tributo de las cien doncellas”. En Sevilla, en el famoso Alcázar, erigido por los monarcas musulmanes con estilo mudéjar existe un testimonio. En la visita, por los cuatro arcos del patio, se va al salón de embajadores, dormitorio de los reyes moros, y trono del tributo, dónde según la leyenda recibían los califas musulmanes “el tributo de las cien doncellas” de la España cristiana. De ese ignominioso tributo se hace eco el cronista épico leonés Pedro de la Vezilla Castellanos. (De el León de España , 1586). Así lo hace constar en el canto XXIV: “Del gran sentimiento que el valeroso rey don Ramiro I de este nombre hizo por el tributo con que halló el Reino de León, de las cien doncellas que se pagaba a los moros cada año; y del llanto que ellas hicieron sabiendo que el rey don Ramiro en esto tuvo: después del cual los ‘ambaxadores’ bárbaros proponen su embajada, y lo que de ello sucedió” (traducido de la lengua romance). Hemos hecho referencia a este ‘vasallaje’ indigno por su trascendencia social en los siglos VIII y IX. Fue en tiempos del rey Mauregato según las crónicas más solventes. Al parecer eran frecuentes entre los soberanos los llamados “pactos de malas costumbres”. En León, el asunto sonaba a perfidia y traición. Siguiendo la historia: cincuenta doncellas nobles y cincuenta plebeyas debía entregar anualmente, el Reino de León como tributo al Califa de Córdoba para su harem, pero llegó a su fin con Ramiro I rey de Asturias, quien luchó en la Rioja, contra los musulmanes en la batalla de Clavijo (859) con la ayuda del apóstol Santiago. Y, a partir de esta victoria, el “tributo de las cien doncellas desaparecería” aquella “perfidia y traición”. Han pasado muchos siglos, pero en la ciudad de León se sigue evocando las “doncellas cantaderas” por las fiestas de San Froilán. Para mejor ilustración, desde finales del siglo VIII acudía a León la ‘Sotadera’, una mujer de edad, versada en nuestra lengua, encargada de acompañar por el camino a las “hermosas desgraciadas jóvenes para el contubernio de aquellas gentes musulmanas”, en palabras de mi admirado el cronista: Máximo Cayón Waldaliso, quien añade: “la estampa es, en suma, una evocación de un tiempo pasado que ya es historia para recordar”.
En este contexto la estrella de Guzmán el Bueno brillará entre reinados, en los siglos XIII y principios del XIV. Se trata del Alfonso X el Sabio, Sancho IV el Bravo, y Fernando IV el Emplazado. Nuestro protagonista de la defensa de Tarifa, a los 19 años, (1275) hizo sus primeras armas, con otros caballeros e hidalgos leonés en el sur de Andalucía. Y unos años más tarde (1294) escribió la página mas honrosa de una gesta que evoca nobleza y valor de un héroe cumplidor su deber. La grandeza de su alma leonesa se ha convertido en ejemplar como modelo del hidalgo castellano. ¡Qué gran leonés y que gran español!