Patas arriba
Los andaluces han votado de manera clarita, aunque alguien se empeñe en acusar a los votantes, de forma clara o indirecta, de ignorantes o incompetentes. Peligrosa desfachatez. Capaces son de legislar para una votación selectiva, a pesar de que todos parecen satisfechos porque todos esgrimen argumentos —algunos no se sustentan ni en una clase de párvulos— para sentirse los reyes del mambo electoral. Los ganadores se sienten perdedores y estos con todos los atributos para creer que el cielo está bajo sus pies. El mundo al revés. Patas arriba los escenarios de canapés y burbujas o de marchas fúnebres mitigadas por la palabrería que cada día cuela menos, hartos votantes y abstencionistas —¿por qué no meditan sobre esta actitud?— de gestitos de salón y alfombras que cuestan tanto y no valen nada. Incluso hay quienes jalean una crispación ante el resultado de las urnas, sin someter los datos al más mínimo de los análisis. Ahí está el auténtico problema, la falta, o la desgana, del análisis crítico y sosegado de la voz de los ciudadanos. Los clásicos miedos inician el camino de la disolución.
El voto ha quedado bastante atomizado, aunque aglutinado en torno a los dos bloques clásicos, cada día menos desde que alguien anunciara la muerte de las ideologías. No puede ser. Se da el caso de afirmar que, excluyendo a los voxistas, la izquierda alcanza la mayoría. No se puede ser ni tan torpe ni tan miope. Estas circunstancias permitieron la carencia de propuestas y programas en la campaña, sustituidos por voces, acusaciones, insultos, extrapolaciones y desenterramientos de miedos por una y otra parte. Lo sembrado es lo recogido.
Entre lo recogido y no declarado están las culpas, que pertenecen exclusivamente a los políticos, por cierto y por primera vez el segundo problema nacional después del paro, según el último barómetro del CIS. Examínense los señores de la izquierda —¿?— en su grado de credibilidad. Han de volver a la política bien hecha, de discurso elaborado y acciones coherentes, basadas en el pensamiento realmente progresista, alejado de la improvisación y el cortoplacismo. Tiene que haber discurso. Y no se ve. Solo se puede convencer desde la racionalidad de las ideas y sus acciones derivadas. Sobran en este escenario multitud de paniaguados, puros jarrones decorativos, que se convierten así en perdedores de salida. Renovarse o morir, aunque para disimular siempre hay a quien echar las culpas. La eterna maldición de los otros. Ya está bien.