Diario de León

Publicado por
Julio Ferreras EDUCADOR, EXCATEDRÁTICO DE IES
León

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D esde hace unos años, y en especial en este último, vivimos en nuestro país momentos delicados debido a la gravedad de unos hechos que están generando varios enfrentamientos sociales, y sobre los que convendría reflexionar con responsabilidad y respeto. Los acontecimientos en Cataluña son una de las causas (quizás no la única) de esos enfrentamientos, que están teniendo múltiples consecuencias en todo el país porque han suscitado el tema de los nacionalismos y los patriotismos, siempre susceptibles e incluso alarmantes si no son bien orientados. Pero estos hechos podrían ser también una buena ocasión y un buen examen para comprobar nuestro nivel de progreso humano, social y democrático.

En mi modesto entender, ni los catalanes ni el resto de la sociedad española «aprueban» (utilizando un símil educativo) este examen. En Cataluña, por la torpeza y el peligro con que el gobierno autonómico ha llevado a cabo sus reivindicaciones independentistas; y en el resto del país, no han estado presentes la sensatez, la prudencia y la experiencia democrática ni en la política (sobre todo en el anterior gobierno conservador) ni en el poder judicial. ¿Y entre los ciudadanos? Los hay de todas clases como es lógico; están los «patriotas» y los «patrioteros». Mientras aquellos «aman a su patria y procuran todo su bien», los patrioteros son «los que alardean excesiva e inoportunamente de patriotismo», según el diccionario. La abundancia de estos últimos, en pueblos o naciones, es el síntoma de una falta de progreso social y democrático, y es casi siempre una fuente de enfrentamientos sociales.

Pero demos un vistazo al pasado lejano en que, en los diferentes territorios que hoy constituyen las naciones, luchaban entre sí tribus, reinos y pueblos diversos, por la conquista de tierras y poder, y quizás también por una necesidad de supervivencia. Con el discurrir de los tiempos, y por un imperativo de progreso y evolución, terminaron en una unión nacional, en una integración, que trajo un mayor bienestar para todos. Posteriormente, han sido las naciones las que se han enfrentado entre sí, pero esta vez probablemente más por egoísmo y ambición de poder que por motivos de supervivencia, hasta que ese mismo imperativo de progreso y evolución las ha hecho ver la conveniencia y la necesidad de unirse. Esto ha ocurrido en Europa y otras partes del mundo, en el pasado siglo, sobre todo como consecuencia de las dos grandes guerras mundiales (enfrentamientos entre naciones). Primero se intentó esa unión —al acabar la primera guerra mundial— con la creación de la Sociedad de Naciones (que tanto defendió el científico Einstein, un visionario de la necesidad de una unión internacional); y luego, terminada la segunda gran guerra, con la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Y si estas organizaciones internacionales no han logrado aún la verdadera paz entre las naciones y la unidad mundial, ha sido tanto por el egoísmo y la ambición de las naciones más poderosas del mundo, como por los nacionalismos y patriotismos extremados y peligrosos. Esto último acaba de hacer su presencia política en las recientes elecciones andaluzas (otra gran prueba para nuestro país). Esperamos y deseamos que el conjunto de los ciudadanos sepa reaccionar positivamente, con sentido de responsabilidad social y por el mayor bien de todos, porque de lo contrario, se avecina un grave retroceso en nuestra convivencia social y en nuestro progreso democrático.

Todo este tipo de enfrentamientos sociales entre los pueblos y los ciudadanos contrasta con los grandes avances científicos llevados a cabo desde hace algo más de un siglo: el teléfono, la radio, la televisión, el avión, y recientemente, internet, de efectos aún imprevisibles. ¿No es cierto que, debido a estos avances, la humanidad actual vive más interrelacionada y unida, o si preferimos, menos aislada y separada? ¿Este progreso material no supone también un cierto progreso humano y social? Entonces, una vez que la humanidad ha inventado tantos medios para poder relacionarse y comunicarse entre sí, ¿cómo no hemos conseguido una mayor unión mundial entre los pueblos y las naciones, entendida como una fraternidad universal y un mayor nivel de justicia y de paz, de que han hablado siempre todos los benefactores de la humanidad y como se lee en diversos documentos internacionales de derechos humanos?

La razón solo podría estar en la falta de un verdadero desarrollo de nuestras capacidades y posibilidades como seres humanos, lo que nos lleva una vez más a lo de siempre: la verdadera educación de los pueblos, una asignatura pendiente en nuestro país. Esta falta de educación suele impedir ver más allá de nuestras narices y del ombligo, es decir, nos hace egoístas, nos limita y nos condiciona, nos incapacita para sentir el respeto y la tolerancia hacia el prójimo y hacia sus ideas diferentes, lo cual es imprescindible en toda convivencia social y humana; en suma, nos impide vivir una vida más plena y feliz, objetivo de todo ser humano.

Finalmente, ¿la ambición, la ceguera y el egoísmo humanos serán superiores a esa fuerza interna de la propia naturaleza que nos habla, cada vez con una mayor urgencia, de la necesidad y la oportunidad de vivir unidos? Esos grandes avances científicos y tecnológicos nos han traído la posibilidad de comunicarnos e interrelacionarnos con una mayor facilidad, y la oportunidad de vivir mejor, pero no pueden, por ellos mismos, cambiar la mente y el corazón de los seres humanos hacia una verdadera unión mundial como hemos expuesto. Eso corresponde solo a la propia humanidad. Recordemos una vez más estas sabias frases de Einstein: «El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad», «Es imprescindible una nueva manera de pensar si la humanidad quiere vivir», y también dijo que el destino de la humanidad será el que nosotros le preparemos.

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