Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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AGarcía Zurdo no le gusta que le llamen maestro vidriero, pero tendrá que acostumbrarse. El claustro de la Universidad de León lo acoge hoy como doctor honoris causa, junto con el geógrafo Horacio Capel y el jurista Diego Manuel Luzón. Llevo más de 30 años escuchándole su rechazo a que en las informaciones se le denomine así. En cambio, en su conversación surgen con frecuencia los nombres de quienes le enseñaron y con quienes nunca ha dejado de sentirse en deuda: Torbado, López Merille, Kokoschka, Oberberger, Bromberger… la Escuela de San Fernando, la Kunst Akademie, la Escuela de la Mirada… no puedo ser exhaustivo. La institución académica recibe a quien se considera a sí mismo no un maestro sino alumno permanente. Y recela de su propio saber si le deriva en manierismo o en cocina. En efecto, en él no puede deslindarse creatividad de aprendizaje continuo. Detrás de cada vidriera suya había problemas técnicos que resolver y temas en los que ahondar, que conlleva mucho más que el mero documentarse. Lo mismo puede decirse de su pintura. Considera que hasta el trazo más gestual ha de tener detrás pensamiento, no necesariamente racionalizado. Y para estudiar hay que recogerse. «Siempre he sido un solitario», reconoce. Desde joven percibió que es en el recogimiento donde puede irrumpir el destello, que compense renuncias e intentos fallidos. Encontró su «soledad sonora» en San Feliz del Torío, luego si le quieres encontrar ya sabes su paradero. Eso sí, le pillarás trabajando.

Hoy estarán acompañándolo quienes mejor le conocen: Ángeles, Beatriz y Graciela. Y con ellas, un claustro que le recibe como a un igual, en la tabla redonda de los méritos. Qué vidrieras tan bellas tiene en los edificios universitarios. Cuántas lecciones de conducta nos ha impartido, sin ser consciente. Porque su retirada del mundanal ruido no es la del huraño, sino la de quien percibe que no todas las distracciones son buenas. Su sentido del trabajo empieza por la autoexigencia.

Las valiosas enseñanzas recibidas, en España y fuera de ella, no cayeron en saco roto. Por ello, querido Luis, permíteme sin que sirva de precedente: gracias maestro. Aunque tú, doctor honoris causa, sigas prefiriendo ser llamado alumno.

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