Lo que pagas
Estos días ha sido noticia que una empresa de implantación nacional ha decidido subir el sueldo de sus empleados y elevar el número de días del permiso por paternidad. La palabra ejemplar define muy bien esa estrategia, en un país donde lo normal es que los trabajadores sufran jornadas agotadoras bajo salarios precarios. No he visto, sin embargo, que ningún grupo político se haya hecho eco de esa medida, como si se tratara de algo corriente, siendo, lamentablemente, una práctica excepcional.
Algún día, esperemos que más temprano que tarde, la gente, es decir, los clientes, pueden darle a estas cosas la importancia que merecen, hasta el punto de que, a la hora de adquirir un artículo o entrar en unos grandes almacenes, valoren el trato que allí se dispensa a sus trabajadores. Esto, que a algún gañán le puede parecer exótico, debería ser lo normal. Tampoco sería tan complicado acceder a esa información: al igual que se otorgan estrellas por el grado de exquisitez de un menú, se podrían asignar distintivos por, poner un ejemplo, facilitar a los empleados que puedan conciliar su vida laboral y familiar. Un simple asterisco serviría y es posible que más de una persona se lo pensase dos veces a la hora de elegir dónde deja su dinero: sin duda hay croquetas y pistos que nos parecen insuperables, o clínicas donde todo brilla con una higiene prometedora, pero la oferta es lo suficientemente amplia como para inclinarse por más de una opción.
Así que imagínense que, impulsados por una asociación o por un movimiento espontáneo y viral, los consumidores empezasen a exigir esas cosas que, en un entorno económico y razonable, se dan por descontadas: el respeto al convenio, el trato respetuoso y decente, el abono escrupuloso de las horas trabajadas. Expresado de otro modo: que una parte de la reputación y el éxito de un negocio o un empresario dependiese de su actitud ética, amén de la calidad de sus servicios y productos. Que a la hora de comprar una cosa tuviéramos muy en cuenta dónde, quién y en qué condiciones se ha hecho. ¿Les suena excéntrico, demasiado revolucionario, tal vez? Buena parte de las situaciones sociales de las que somos ahora testigos (la erradicación del analfabetismo, el voto de las minorías) fueron consideradas inasumibles en el pasado y ahora nadie (aunque soplen algunos vientos malignos por ahí) las pone en duda. Tampoco se trata de verlo como un empeño titánico, o peor aún, como un sueño utópico e inalcanzable: basta con dejarse llevar por la sensatez. Curiosamente ganaríamos todos, pues todos somos o hemos sido trabajadores y consumidores, y en cuanto a la pléyade que se sigue riendo del resto, es hora de tratarlos como lo que son: parásitos.