El asesinato de Laura
L aura Luelmo dejó escrito que más que prevenir a las mujeres sobre las medidas a tomar para impedir que los hombres les hicieran daño, lo urgente era avisar a los futuros «monstruos», decía ella, de la conveniencia de ser civilizados, respetuosos, de no sembrar miedos en las mujeres, empezando por las miradas. Ese, escribía en su Twitter con mayúsculas, es el problema. Tenía toda la razón Laura, excepto en la palabra «monstruo»; los asesinos machistas no son monstruos, son hombres que consideran que las mujeres son de su propiedad, una pradera que pueden cabalgar a voluntad, cuando quieran y como les de la gana.
Lo más terrible de esta historia es lo irreversible de la muerte. Laura Luelmo, una mujer hermosa por dentro y por fuera, con toda la vida de sus 26 años por delante, tuvo todos los azares malos concentrados: irse de punta a punta del país por pura responsabilidad y afán de progreso y toparse con un delincuente multicriminal, que ha demostrado empíricamente la imposibilidad de su reinserción, así pase cien años en la cárcel. Laura se fue sin hacerse con el pueblo, el criminal se hizo con ella. Haríamos mal si privatizáramos la violación y el crimen: un ‘monstruo’, cejijunto, ignorante y tosco; contra una chica joven y guapa, que pinta, hace deporte y lleva gafas. La historia en realidad va de poder: yo soy dueño de la mujer que se me antoje y hago con ella lo que quiera, incluido su asesinato, si no se humilla ante mis deseos.
Nada de lo que hagamos los civilizados ahora nos devolverá la vida llena de vida de Laura Luelmo, pero sería un buen reconocimiento a sus ideas, y a todas las mujeres, que este crimen no saliera gratis al criminal ni a los potenciales asesinos, que éste fuera apestado socialmente como único responsable del tremendo crimen. La culpa es solo del que asesina, ni de la víctima, ni de la ley; ni, desde luego, del discurso feminista. Laura no ha muerto, ha sido asesinada. Asesinada por una cuestión de poder y superioridad.
Luego hay que decir que el presunto asesino hubiera matado incluso aunque existiera la pena de muerte. Estos criminales no miran el código penal renovado por la noche antes de salir de cacería por la mañana. Después de años de predicar la reinserción de todos los criminales, por malos que sean, algunos, yo el primero, debemos reconocer, a estas alturas de las matanzas y las violaciones, que hay criminales que, sencillamente, no tienen solución; ni siquiera arreglo. Sujetos que son ‘buenos presos’ para ganarse la voluntad de quienes otorgan los permisos penitenciarios, pero que tienen una pulsión criminal que les lleva a violar, asesinar, incluso en permisos carcelarios. No tienen arreglo, son un cinco por ciento de los reclusos y no nos queda otra que apartarlos de la circulación ciudadana, ‘sine die’.