Pregunta
R ecuerdo haber leído allá por 1997 un artículo sobre Cabrera en que el autor, hablando de límites y fronteras, centros y extremos, citaba los dos pueblos extremos en el eje este-oeste: Pozos y San Pedro de Trones, respectivamente. Yo solía leer el Diario de León, donde venía el artículo, en el bar del pueblo y aquel día alguien, que se había adelantado, dejó su huella para mi gran sorpresa: cercó el nombre de San Pedro con una una línea de bolígrafo y después lo condujo del ramal con otra hasta el margen, donde escribió con letras mayúsculas: No es Cabrera.
En mayo de 2017 doce cipreses del cementerio de Cacabelos ardieron fulminados por un rayo. Una reportera de televisión introdujo su información, situando al pueblo en la Comunidad de Castilla y León. Un señor allí presente, conocido en la zona como nacionalista contumaz, apostilló entonces: No es León (ya no digamos Castilla, por favor).
En la primera década del siglo comenzó a verse durante los partidos de fútbol del Barcelona contra equipos extranjeros en su estadio una pancarta gigantesca con estas palabras tras el nombre de Cataluña: No es España (pero en inglés, que es más impresionante).
En 2016 hubo en el Reino Unido un referéndum, cuyo resultado cuajó en el llamado brexit, es decir, la salida de la Unión Europea de la que formaba parte. La razón o pasión últimas que movían a los partidarios era esta: No es Europa.
Todos esos entes de los cuatro ejemplos ocupan una situación extrema, no necesariamente marginal, respecto de un centro, concebido por sus indignados militantes como un nido de sombras, de atraso y turbiedad frente a la luz, la vanguardia, la nítida visión que en aquellos se goza. Cada uno de esos peldaños parte, pues, de un no rotundo, pero no cualquier no, sino precisamente aquel que se refiere a la esencia y por eso desembocan en la gloria, esa Arcadia feliz, que es un estado de ánimo más que un territorio, pero si no hay más remedio, que sea en todo caso más pequeño o no muy grande para mejor manejabilidad posible y real manipulación a cargo de los nacionalistas.
Es de suponer que escalas y escaladas en busca de la Arcadia perdida se repitan por todo el ancho mundo, ya se trate de pueblos, regiones, naciones e incluso continentes; en cuanto a estos, el hundimiento de la Atlántida le ahorró a América la campaña «No es Europa» (o viceversa). Se puede asimismo sospechar que al final de la escapada, cuando se haya desvanecido el último término a quo, el afán nacionalista se habrá quedado solo con esto: «No es»; será justamente cuando los nacionalistas estén felizmente ensimismados, pasmados, fosilizados, porque el resultado de la negación solo puede ser Nada. Y no obstante, resulta muy curioso observar que en el movimiento de corte para replegarse reduciéndose (o viceversa), algunos, si no todos, intentan llevarse algo para, con la excusa de la lengua, la raza, la historia y hasta el paisaje, separados o juntos en variable medida y proporción, hacer ellos de centro sobre otros, un centro en este caso legítimo, una vez legitimado por ellos mismos, libre de tacha y morada de virtudes, sin advertir que también estos pueden un día rebelarse y repetir la vieja historia, proclamando su propio «No es».
Y esa historia será una repetición de aquella otra que cuenta Ernesto Cardenal en sus memorias acerca de un campesino de un país asiático limítrofe con la Unión Soviética. Estaba el campesino cortando leña en el bosque, lejos de casa, cuando los soldados soviéticos lo capturaron y lo llevaron a luchar en el frente contra los alemanes. Ocurrió después que cayó en manos de estos, que a su vez lo llevaron a combatir a Francia. Aquí finalmente fue hecho prisionero por los americanos, que al término de la guerra lo condujeron a un campo de concentración en USA.
Cuando empezaron a investigar la situación de los prisioneros, se encontraron con uno que hablaba una lengua incomprensible. Acudieron a especialistas de la universidad y uno de ellos intuyó que podría tratarse de una lengua hablada en el centro de Asia. Probaron, pues, con ella y fue por fin la alegría del campesino. La historia no dice si era nacionalista o no, pero el hecho es que su aventura desmesurada dio cabida a las cuatro escalas, desde su pueblo hasta otro continente. En todo caso, la historia concluye con la única y desorientada pregunta que el campesino alcanzó a formular y que hoy podríamos repetir no menos desorientados ante los hirsutos independencieros: «¿Por qué luchaban?».