Diario de León

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León abre juego a discreción

Luis Urdiales
León

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La lotería es un vicio como otro cualquiera; largas colas ante los despachos hacen suponer que no estás en ellas porque o te falta información o dinero; las hileras se inspiran en un soplo sobre la certeza de que detrás de la pecera se vende el número que va a coincidir con las cinco cifras del premiado entre noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve bolitas que giran y giran en el bombo de la vida, o del organismo nacional que administra el azar, que no deja de ser casi lo mismo. Con esa información privilegiada, idéntica a la que lleva a los ministros a vender acciones en bolsa una semana antes de que colapse un valor, resulta de imbéciles pasar de largo de la llamada de la suerte, a la que también se puede sumar uno por la puerta de las corazonadas, que tienen la misma prescripción médica que los soplos, pero consecuencias diferentes. De este sentido emocional se moldea la figura insólita de poder ver en las calles de León a gente que se postra igual que Madrid ante Doña Manolita; la metáfora es deliciosa cuando la columna humana que brota del ventanal lotero desemboca en la esquina de la sucursal de la oficina bancaria, porque resume el trayecto corregido y truncado que emprendió esta sociedad detrás del curso del dinero; del tiene que haber, de CajaLeón, al debe haber, pero ya no es vuestro. Qué tiempos, los del ahorro en el Monte de Piedad. A la lotería se juega porque se fantasea con el premio; idealizar las soluciones que puede aportar al valle de lágrimas pesa más que la probabilidad remota de dar con la morterada, por mucho que el décimo venga envuelto en el estudio matemático que limita las expectativas a un desalentador 0, 00001%; el noventa por ciento sabe que su inversión es a fondo perdido, y que jamás recuperará el valor de la postura. El calendario viene rodado para diluir el desengaño del jugador frustrado; la enajenación transitoria por Navidad, el desenfreno de año nuevo, la luz. Hasta que en la mañana de Reyes, después de tropezar en el mismo número, no haya otra cosa que incienso para enjugar el desencanto. La decepción tiene ahora una lectura racional; hay más probabilidades de que a un leonés le toque la lotería de que vayan a reabrir las minas; y sin mina no habrá nada.

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