TRIBUNA
La irrupción del Caos
E l hombre pasa su vida tratando de poner orden en su caos particular y, a la vez, desde su pequeñez, en el universal. Los conjuros, el simbolismo, los movimientos rituales, tanto en las religiones como en la magia, es todo orden, estructura, método, armonía… Ponemos paredes a nuestras casas o muros al jardín para dejar la confusión de innominados peligros fuera. El ritmo y la repetición de actos conocidos engendran nuestra tranquilidad. Cada mañana, al despertar, nos alejamos del mundo difuso y casi ininteligible de los sueños, por medio de acciones y movimientos, poco más o menos calcados de anteriores amaneceres, hasta llegar al trabajo, donde nos sentimos tranquilos cuando, a pesar del aburrimiento, no se producen imprevistos que nos obliguen a salir del automatismo, para crear, resolver, tomar decisiones aventuradas o ver a personas desconocidas que ignoramos como tratar.
Y así vivimos. Amamos el caos porque es la aventura y la creatividad, pero nos altera, por lo que preferimos lo cotidiano o, como mucho, emprendemos un viaje a Zambia, a ver si conseguimos fotografiar una manada de leones desde el vehículo protegido o tras altas vallas, para asombrar con nuestro valor a amigos, que nos mirarán con admiración fingida, mientras, con tedio infinito, se preguntan por qué han de estar sonrientes, cuando les encantaría salir corriendo hacia sus propias ocupaciones.
Huimos del caos, aunque nos fascina, pero está ahí, al lado. Y no estoy hablando de gobiernos y políticos a los que hemos votado, o no —que da igual—, quienes, con sus personalismos o intereses particulares, convierten el país en un desorden absoluto, en el que, menos gobernar, se hace cualquier cosa.
No, no es de ese caos del que hablo. Es de ese otro, omnipresente, desconocido, impenetrable, que nos rodea y nos configura y que, junto al orden, forma la realidad imprecisa de cada día, donde, casi a tientas, nos movemos. Ya los griegos, en su afán de explicar lo inexplicable, lo personalizaron, convirtiéndolo en padre de Gea, Tártaro, Nix y Érebo. Interpretaciones posteriores lo consideraron un huevo primordial, una grieta, “una masa indigesta” o, por el contrario, en vez de padre lo convirtieron en hijo de la Oscuridad… En fin, disquisiciones humanas, tratando, como siempre, de entender y reglar lo imposible.
Y está. Y surge. Y nos apabulla con su aparición, que, como la muerte, conocemos de antiguo, pero inexplicablemente nos sorprende. Y en el plazo de unas pocas horas, un niño de dos años cae por un agujero de veinticinco centímetros de diámetro y más de cien metros de profundidad.
Una joven pareja, padres de tres hijos, consiguen el sueño de su vida de viajar al extranjero. Van a conocer y disfrutar de París, la ciudad del Arte, el Amor y la Luz. Una explosión frente a su hotel hace que una ventana golpee a la mujer en la cabeza. El esposo, desesperado, pide ayuda desde el hueco hacia la calle, llena de gente. Nadie atiende a sus gritos. Los viandantes están ocupadísimos filmando las consecuencias del accidente, y el marido, agobiado por el dolor, la impotencia y seguramente el asombro ante la actitud de la masa, toma a la herida en brazos y corre a buscar socorro en otra parte. Un bombero se lo encuentra en la escalera, presta sin éxito los primeros auxilios, y pide una ambulancia. Todos conocemos el desenlace.
Otra pareja, después de convivir treinta años, decide separarse. El marido apuñala a la esposa, de menos de cincuenta años, repetidamente, hasta matarla, en presencia del hijo de ambos, quien también sale herido.
Absurdos cotidianos que nadie se explica. Un caos omnipresente al que, día a día, pretendemos exorcizar con fronteras, muros, rutinas, dogmas y mentes cerradas, incapaces de admitir lo inexplicable o lo inesperado, con tal de no tener que salir del orden establecido, que nos lleva a imaginar un dominio imposible sobre el caos.