al trasluz
Colegas y colegos
Los periodistas hemos celebrado nuestro patrón con una comida de hermandad, organizada por la Asociación de Periodistas. San Francisco de Sales estaba invitado pero no vino, se le había llevado el coche la grúa. Buena gente, las colegas y los colegos. Con motivo de sus respectivas jubilaciones le dimos un homenaje a Fernando Aller, exdirector de este periódico y a Astrid Rodríguez, quien comenzó su andadura en esta redacción. A Fernando le agradezco su contribución a crear en mis tiempos un ambiente de trabajo agradable, algo que cuando se tiene parece lo más sencillo, pero luego a lo largo de tu vida profesional constatas que no es así, conlleva inteligencia emocional, un bien escaso. Aunque conseguirlo sea un logro de muchos, es el director de la orquesta el que lo posibilita o no. En cuanto a ella, un reconocimiento de importancia, de los muchos que podríamos hacerle: fue la primera en dignificar la sección de Sucesos, al convertirla en lo que debía ser: noticias sobre tribunales, no sensacionalismo. La recuerdo aprendiéndose la terminología jurídica. Por cierto, gracias a mí cobró su primera nómina. Nada más recibir el sobre lo perdió en el maremágnum de las fiestas de San Juan y San Pedro. ¿Se imaginan su disgusto? Escribí una columna sobre ello y… la recuperó. Quien la encontró ya estaba en ello: la secretaria de José María Suárez. Astrid hubiese hecho lo mismo, desvivirse por que ese dinero volviese a su dueño. Quienes eran buenas personas al principio, lo han seguido siendo.
Esta profesión dista mucho de ser perfecta. ¿Cuál lo es? Es indudable que el periodista ejerce un poder, que a la manera de Frodo y el anillo único, puede erosionar a quien lo ejerce si lo emplea mal. La mayoría lo emplea bien. Su correcto uso exige humildad y autocrítica. Porque todos nos encontramos un aire a Bertín Osborne, pero pretender además cobrar parte de sus derechos de autor es llevar demasiado lejos el espejismo de la importancia.
Muchos son los retos que el periodismo tiene planteados. Entre otros, la devaluación de la verdad. A veces, por culpa de los propios medios. Y pese a todo, aún sigue mereciendo la pena. Y hoy más que nunca, cuando hay días que todo parece perdido… sin estarlo.