TRIBUNA
Bohemia rapsodia

A pesar de la buena acogida por la crítica y el público en general, no quería ver el film que recreaba la vida y obra de Frederick Mercury y su grupo Queen. Sospechaba, de forma intuitiva, que poco me iba a aportar. Sin embargo, en estas fiestas navideñas, mi familia me animó para acompañarles, y como las navidades tienden a enternecer el corazón, entonces fui sin más vacilación. Lo reconozco, la película estuvo acorde con mi presentimiento, aunque sirvió para reflexionar sobre la vida y obra de uno de los grupos que lograron hacer creer una de las historias más mentirosas del siglo XX: El mundo del rock como modelo de transformación social, a partir de la puesta en juego del estilo de vida rebelde. Me explicaré.
Conocí a Queen en los años setenta. Aún conservo en mi discoteca dos de los primeros vinilos; concretamente, el naciente Queen, editado en el setenta tres por Emi-Odeón, que compré en la conocida y extinta tienda Madrid Rock, y el Lp más escuchado de la banda A night at the opera, que lo adquiriría más tarde en el comercio Liverpool, que estaba ubicado en Burgo Nuevo. Es en este último en el que se halla la canción, que da título al film, y que poseía uno de los mejores temas que se podía escuchar en aquellos tiempos, Bohemian Rapsodhy. No sé la cantidad de veces que pudimos tararear esa balada los muchachos de mi generación, pero fueron muchas, porque el ritmo y el juego de voces, melódico, de esos jóvenes ambiguos o andróginos, siguiendo el legado de David Bowie y el Glam rock, hacía sucumbir a nuestra ingenua mirada y a esa escucha demasiado adocenada por cánticos tradicionales y de estofa oficial que, en aquella época, tildábamos de retrógrados o medievales. Digo «ingenua» porque nadie se podía imaginar, en aquel tiempo, en qué iba a convertirse la fiesta para algunos de los adolescentes que perseguían buscarse la vida a ritmo de rock. Pero había fe y cuando ésta existe, entonces es capaz de mover todos los corazones, aunque no las montañas.
Más tarde cuando el líder de la banda se dedicó a cambiar la melena por el pelo corto, la tez afeitada por el bigote «homo» y la ropa psicodélica y extraña por las camisetas, gorras, cadenas y pantalones de cuero, reconozco que dejo completamente de interesarme porque su «rollo» no iba conmigo. A partir de ese momento pude escuchar fugazmente alguna de sus canciones sin mayor interés, llegando a comprobar, con mirada oblicua, el esperpéntico escaparate en el que acabaría convirtiéndose la vida de Mercury, en su afán por promocionar una imagen en la que se mezclaban las drogas, el sexo duro y el Hard rock. Eran tiempos también en que bastantes jóvenes españoles empezaron a coquetear tardía y duramente con las drogas asesinas y el espíritu caduco de la cultura pop americana -la movida madrileña fue uno de sus ejemplos más paradigmáticos-, sucumbiendo todo ello, finalmente a lo largo de los ochenta y noventa, en el caldo de la enfermedad, las adicciones variopintas o el poso incierto del ostracismo y la errancia social.
Pero la vida siguió afortunadamente su curso y he ahí, que ahora, pasados los años y muerto el promotor y líder del grupo, como por otra parte suele suceder, se realiza una película que trata de narrar lo que allí aconteció y la gestación de ese invento comercial, y pienso en lo difícil que es hacer un buen film. Porque es evidente que la película adolece de un buen guión, y lo que es importante, un director capaz de poner en escena a los diferentes personajes que nutrirán el encadenamiento de las escenas. Pero nada de eso acontece allí. El guión es insulso, poco estructurado y lleno de pastiches mecánicos, mal elaborados; las secuencias se suceden sin un verdadero hilo transformador capaz de dar cuenta el deseo en juego. Por otra parte, la interpretación adolece de la suficiente capacidad para transmitir, de modo fehaciente, la mutación del sujeto y sus vaivenes existenciales, porque no basta con agrandar los dientes del protagonista —que efectivamente así se realiza de modo muy burdo—, sino que se requiere de otra cosa para llegar a transmitir la verdadera inquietud, el pensamiento, la emoción, las ilusiones o el goce que arrastra toda una vida. Y nada de eso es capaz de mostrarse en esa cinta. La imaginaria y puesta en juego, en el celuloide, es sólo una simple pantomima para escuchar, pura y simplemente la música, el espectáculo y el corrillo demasiado insulso y carente de gracia, de sus participantes, en una búsqueda frenética del éxito, la fama y el dinero, y poco más.
¿Qué se pretende pues, con un film de este estilo? Ya sé que la película ha recibido los Globos de oro de no sé qué premio y les anunció que, efectivamente, recibirá algún que otro Óscar, porque ya conocemos de qué trata todo esta mentira de luz, color y glamour, que se respira, en el oscuro país del sueño americano.
Pero lo que me llamó más la atención cuando el film iba eclipsando sus imágenes y la música auténtica del grupo enturbiaba la atmósfera de la sala, fueron los aplausos más entusiastas de algunas personas, que allí estaban, y me pregunté, con naturalidad: ¿Qué se podía aplaudir de una obra así? ¿Su música y nada más? ¿O la pena por la decadencia del ser humano, fruto del egoísmo narcisista y el encuentro con la adversidad? ¿O la desdicha y el temor por la presencia de la muerte y el sigilo de la enfermedad capaz de nublar cualquier posible éxito mundano?
La respuesta humana es asombrosa y compleja, llena de aristas y peculiaridades, y cada uno disfruta y goza a su estilo. Está bien, nada que objetar en este sentido siempre y cuando no se haga daño. Pero me gustaría aludir a una de las imágenes del film, que más me incomodaron, y que quizá, si alguno de los presentes pudiera conocer con mayor exactitud, tal vez no hubiera aplaudido con tanto furor, a pesar de que la muerte del semejante, convertido en ídolo, siempre produce este tipo de afecciones. Cuando al final de la película el grupo accede a participar en unos de esos espectáculos musicales de promoción, que sirven para recalar fondos que maquillen el hambre, la miseria y la calamidad de los más pobres de la tierra, todo este glamour musical en danza sirve de ejemplo para mostrar la gran bufonada y decadencia del Rock. Entonces la apoteosis encendida de la música irrumpe en escena mientras el dinero «altruista» se deja caer en las huchas de no sé quién, para aliviar y mostrar la horrenda culpabilidad humana y el montaje de uno de los mayores negocios de falsedad del siglo XX.
Ahora bien, el hombre necesita creer en algo y tener esperanza. ¿En qué? A veces en lo que sea y ese es el problema, porque a partir de ahí, se nutre la infamia, la farsa y el mal vivir.