TRIBUNA
Madres de Cataluña
T ratando de acabar con la estúpida arrogancia, que lleva hasta la idiocia, a los cónyuges masculinos: Me dirijo a las madres, colectivo más sensible y humano por ese amor maternal a propiciar lo mejor para sus descendencias. No entiendo la brutal deriva a degradar la hegemonía moral de Cataluña.
Conozco Cataluña desde la década del 1960, cuando comencé a viajar con regularidad. Desde esas fechas sigo admirando el espíritu emprendedor de catalanes y catalanas, dentro de la dedicación de cada cual, —con especial mención a las disciplinas deportivas—, y nunca observé la obsesión ultranacionalista que hoy marca la sinrazón del destino de esta querida parte de España altamente representativa.
A tal despropósito me pregunto ¿cómo es posible que una región de la solvencia económica de Cataluña, con un desenvolvimiento empresarial de primer orden, y enclave turístico privilegiado, garantizado por la pertenencia a un gran país, España, con alto rango en la UE, y resto del mundo, se aferren a tan demencial disparate? ¿Es que los catalanes/as, arrastrados a la ensoñación de la soledad territorial, expresado en multitudinarias manifestaciones, y algaradas callejeras, serían capaces de sobrevivir a una crisis que les impida contar con nóminas seguras a los trabajadores/as, debido al éxodo de las empresas que les proporcionan las ocupaciones? ¿De funcionarios al «sol» por falta de liquidez en los organismos oficiales? ¿De pensionistas renunciando a la comodidad de las prestaciones hasta el fin de sus días? ¿Es tanto el odio y el rencor por pertenecer a la patria que les asegura los recursos para disfrutar de una vida sin complejos en el entorno familiar?
Este ultramontano masoquismo, que es preferible la dignidad de la ruina, que la del complejo de ser españoles/as, señala el esperpento de la tragedia. Esta deriva no tiene parangón en la historia de país alguno. Sigo preguntándome si es más fuerte el poder de la xenofobia que la de espíritu que mueve a la unidad y la solidaridad. Ese disparatado proceder de los «redentoristas» que han profanado la convivencia, no solamente entre vecinos y paisanos: la de las familias enfrentadas por la sinrazón de las respectivas posiciones.
Pienso en los catalanes/as, que estando orgullosos del serlo; se sienten muy felices de ser españoles/as, y no rehúyen el compromiso de demostrarlo; conducta muy encomiable al enfrentarse a idealistas altamente agresivos/as, imbuidos de infamante repulsa que les imparten desde la Generalidad, y medios de comunicación «protegidos». La mordaz insidia que vierten con sucias alocuciones y pestilentes mensajes como ¡España nos roba!, estafando las mentes que viven en la inopia, y ámbito de la ignorancia. Son menos que los defensores de la unidad; pero aún son muchos/as.
La nueva política que encauce el destino de Cataluña, debiera batirse en restablecer la normal convivencia con los catalanes/as leales, haciéndoles ver que se ha tratado de un mal sueño, estimulado por «pócimas» miserables, que gobernantes corruptos, y vividores ocasionales, les han administrado.
Llegado este momento, abogamos porque las empresas que se hayan desplazado de Cataluña, vuelvan una vez restablecido el orden. Si en principio se instalaron en la región, sería por interés y conveniencia. No obstante la Administración debiera ayudar a que el regreso se hiciera con premura, garantizándoles la estabilidad. Los catalanes/as que han permanecido leales a la unidad, no merecen el castigo que les han infringido esa manada de delincuentes que han vivido, y viven, de la golfería de 3% y de otras raterías. Las pymes y autónomos, no se verían obligados a incrementar las colas del desempleo. Las ayudas les son necesarias para no perder el ritmo de sus actividades.
Hago un urgente llamamiento a los españoles/as que vivimos fuera de Cataluña, a renovar el interés de consumir productos catalanes, ya que el fragor de la batalla independentista les tentaba renunciar a ellos. Debemos de ser consecuentes a relanzar el mercado, paliando la erosión que el sinsentido separatista haya ocasionado. Esperemos que todo vuelva a la normalidad, haciendo ver a los disidentes, que esta guerra la han perdido. Por tanto a partir de ahora los catalanes y catalanas, sin excepción se sumen a hacer una piña, disfrutando de los beneficios de pertenecer a un gran país como es España.
Vuelvo al principio de mi requerimiento, emplazando a las madres, que inconscientemente hayan abrazado la disidencia, apremiándoles a cambiar el rol de sus espurias ideas; pidiéndoles simplemente que mediten tres minutos a memorizar el viaje que han emprendido a ninguna parte, perdiendo el equipaje de sus irrenunciables obligaciones. ¿Creen sinceramente que la deriva les va a proporcionar la felicidad, y compartirla con los suyos? La situación que han propiciado no puede ser más aterradora. Piensen en Venezuela, si no la más rica, una de las más sobresalientes de ambos hemisferios americanos, sumida en la más abyecta pobreza. Sirva de ejemplo para lo que ha sido hasta ahora la pujante Cataluña al abrigo de la España que dicen aborrecer. Sin su amparo, los países tercermundistas marcarán el destino de tan triste designio. No carguen con el remordimiento de una responsabilidad incumplida. Cuando las madres se arrepienten: llegan tarde. Como esposas y consejeras, no se resignen a perder el tren de la supervivencia. Planten cara a los despropósitos de los hombres, que les puede más la superchería de la arrogancia, que la virtud de ser previsores en circunstancias extremas. El poder omnímodo de Cataluña no puede quedar reducido a un futuro vacío y desalentador.