cartas al director
Eruditos
políticos
Soy una persona lectora. Me gusta hacerlo, en este caso a través de la prensa, de índole plural, para observar las singularidades ajenas. Y clama al cielo el amparo con el que se sostiene a varios de sus partícipes, anónimos ciudadanos que se manifiestan regurgitando discursos profetizantes.
Les vamos a denominar eruditos. Los soportamos con tragicómico hartazgo. Pero no, no me refiero, en este caso, a las personas que viven de la política (muchos y muy vividores), sino a las de andar por casa, a los que te encuentras por la calle y por los medios de comunicación, los llamados eruditos de la menudencia. Te los encuentras dando un paseo, tomando algo en un bar o en cualquier espacio público, recalcando el discurso moralizante y adivinatorio que te martillea cansinamente.
Suelo leer la prensa y sigo escandalizándome con tamaños despilfarros de espacio y participación que se podían aprovechar de modo mucho más provechoso.
Me refiero, concretamente, a la sección de Tribuna (hay más, claro que sí), donde se da cobijo a cualquier pluma y a cualquier neurona.
Hartazgo de ver firmas de titulados en marketing, abogacía, ingeniería, etc., y a la vez eruditos del politiqueo. A mí, personalmente, me recuerda las carteras de los ministros, parece que la misma persona puede abarcar más de lo permitido y se intercambian papeles. Pues lo mismo, oiga. Cuánto daríamos los lectores porque nos instruyeran con espléndidos artículos relacionados con sus profesiones… en vez de trapos de mercadillos.
No quieren loas sinceras, sino lisonjas en sus oídos. Nos sobrecargan de tanta opinión que nadie le ha preguntado. Como si nos interesara.
Evidentemente, le sirve a ellos para afianzar su ego; a modo individual puede ser un chute de autoestima que posiblemente necesiten, pero socialmente, la inmensa mayoría de los casos, no solo no aportan nada nuevo (ni tan siquiera propuestas, lo que sería digno de alabanza, en caso de ser imparcial y objetiva) sino que además, y en contra de la finalidad que persiguen, dejan una impronta que avala su rúbrica como eruditos de la fruslería.
Hartazgo de la mediocridad. Sí, se consideran que están autorizados para dar información (llamémosle así) al común de los mortales, da igual que sea refutada o alabada, veraz o tergiversada, subjetiva o global, están en la cresta de la ola y están opinando. Solo esperan que digamos amén.
Sabemos que eso crea una desconsideración hacia su persona que los ha pasado a convertirse en diana de flechas de la ignominia, porque lo único que crean es una cosa: controversia.
No debaten, imponen. No cuestionan, polemizan. No aportan soluciones, solo atacan. No afianzan, desunen. Qué hartazgo.
Queremos, al fin y al cabo, tener acceso a la verdad fidedigna, no a la hipocresía. Que no nos falten los buenos profesionales y los buenos mandatarios, porque estamos seguros que buenas personas sin necesidad de ego todavía quedan muchas, aunque no sean las más visibles en los medios de comunicación.
MÓNICA CALVO