AL TRASLUZ
Oración de madera
La abadesa del monasterio de Carrizo ha dado un ultimátum a Santocildes para que saque su Cristo, que lleva allí trece años. Es una recreación en madera de uno de los más bellos marfiles de nuestro patrimonio artístico, cuyo original está en el Museo de León. El escultor no ha recibido muchas explicaciones, aunque parece ser que la actual responsable percibe cierto panteísmo en la talla. Dado que tuve cierto papel en la conclusión de la misma, como él me recordó este domingo, aporto mi reflexión. En 2005, estaba preparando una muestra sobre Santocildes, que se vería un año después en el Palacio de Don Gutierre. Fui al estudio a seleccionar obra y allí mi mirada quedó prendida de una escultura a medio realizar, pero ya identificable. Parecía que la estuviese esculpiendo con sus dedos, hasta desangrárselos. Comprendí que su homenaje al Cristo de Carrizo debía figurar en la exposición, pues bastaba para justificarla. Se mostró reacio, pues llevaba un año atascado y me admitió su temor a que se le pudiese colgar etiqueta de beaturrón, pese a tampoco ocultarse como creyente. Con mi entusiasmo le convencí. Aquel Cristo de manzano, con su raíz del árbol en la cabeza, a modo de corona, me pareció y me lo sigue pareciendo una oración en madera, además de una de las obras de arte religioso contemporáneo más logradas de cuantos se han hecho en España en las últimas décadas. «Si no me llegas a convencer, no lo termino», me recordó. Si es así, me limité a ser instrumento. El bien también conspira. Y conspiró.
Nada más lejos de Santocildes que el panteísmo, lo suyo es cristiano. No hay desviación alguna sino ortodoxia. Una hogaza de astillas. Del humilde manzano obtuvo un crucificado al que se puede rezar, en tiempos poco proclives al rezo. Los creyentes necesitamos un arte así, que no nos mienta. «Madero salvador de náufragos», así describí en su día la talla.
La polémica propiciará que muchos tachen de intolerantes a las religiosas, mientras que otros irán contra el escultor y su expresionismo. Todos perderemos. Ojalá quepa la posibilidad de reconsiderar la salida. El Cristo de Santocildes no habla, pero tampoco permanece en silencio. Pero, ay, ¿quién escuchará su bella oración de madera?