Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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Y con mocos, ardor de estómago y dolor de articulaciones. En casos contrarios, con estreñimiento. Que las realidades intestinales son privadas en la intimidad de cada uno, pero muy públicas en lo que a sistema sanitario se refiere. Y ahí entramos en aguas especialmente pantanosas. Nuestra loada sanidad pública hace aguas por el lado de los recortes, que se traducen en ahorros pírricos (millonarios, pero porcentualmente más que solventables en la marea de los presupuestos); mientras suelta lastre en el creciente negocio de los laboratorios y las farmacéuticas dejando al libre mercado productos de uso común que no pueden dejar de ser consumidos, pero al amparo del fin de la financiación estatal han disparado sus precios, multiplicándolos hasta por cuatro en cuatro años, sin empacho ni sonrojo.

Parece que el Gobierno ha lanzado un mensaje de ¡basta ya! Habrá que ver si tímido, como suele ser ante la presión de multinacionales sobradas de presiones; o contundente, como corresponde a quien tiene que velar no sólo por frenar la usura en aspecto tan básico como la salud, sino garantizar el acceso a los medicamentos de todos los ciudadanos. Y aquí, una vez más, los colectivos más vulnerables económicamente (cada vez más amplios en la sociedad de la recuperación permanentemente amenazada por una nueva recesión) son los que más tienen que perder.

¿También la salud básica? No hablamos de sofisticados tratamientos de cánceres o demencias. Desde que en 2012 el Gobierno decidió dejar de financiar buena parte de los medicamentos más comunes y recurrentes, presentes siempre en todos los botiquines, las farmacéuticas han disparado inexplicablemente su precio. Y han engordado sensiblemente su facturación y resultados.

Quizá tenga también mucho que ver el apego a la marca, y la desconfianza ante los genéricos y productos ya libres de patentes. Ahí es donde hay que avanzar. No científicamente, sí desde la absoluta garantía de que ofrecen los mismos beneficios. Lo que no es asumible es el desabastecimiento de medicamentos básicos, poniendo en peligro la salud que todos financiamos incluso en casos críticos de supervivencia; ni la dictadura de la rentabilidad empresarial.

Esa es la gran burla. La del criterio de la rentabilidad que nos grita con una grotesca sonrisa: «No te preocupes por tu corazón, te durará toda la vida».

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