fuego amigo
La trastienda del imaginero
El jueves redondea 110 años Víctor de los Ríos (1909-1996), el escultor onmipresente en la vida de los leoneses, tanto en su vertiente de imaginero procesional como en la más callejera de fabricante de asperones. En Santoña, que fue su pueblo, guardan en el palacio de Manzanedo una colección de barros y escayolas de su labor. Su padre fue un señorito madrileño que trabajaba en el penal, casado con una guapa gitana, que lo dejó viudo a los seis años del enlace. La pérdida de la madre puso al niño en brazos de su madrina, casada con un copista del Prado y ama de llaves de la reina María Cristina. A punto de concluir la guerra, que pasó emboscado en Madrid, se casó con Catalina Fernández Llamazares, una leonesa hacendada a la que tituló por su cuenta como marquesa.
Le venía bien el contrapunto entre la madre gitana y la señora aristócrata. Por su centenario expuso la Caja en Botines bocetos, apuntes y una panoplia de útiles del oficio, junto a diversas esquirlas de su pelea por el escalafón. Con éxito de público, al que no importó el desbarajuste de rótulos, que llegaban a canjear a Machado con un oculista catalán. La leyenda acuñada en el circuito del arte asegura que Víctor de los Ríos fue un acaudalado diletante que firmó y facturó obras trabajadas en su taller por otras manos. Primero, un acreditado escultor republicano obligado al ostracismo le suministró imaginería religiosa con la que reponer las pérdidas causadas por la guerra. Luego se orientó hacia la monumentalidad de los oficios: el pastor en Ameyugo; el minero en Linares; el maestro en el parque del Oeste de Madrid; y así sucesivamente.
Con trucos de servilismo zafio. La figura del niño que atiende la lección del maestro es Calavera Francis, el mayor de los Franquitos. También la Ceres de lAgrícolas de León se inspiró en Carmencita, la nieta del dictador. Quien le hacía estos avíos en León era mayormente Valentín Yugueros, que sigue activo en su taller de Marialba. Lo fichó de chaval en la finca de La Cenia, adonde bajaba a trabajar su padre desde Sahelices del Payuelo. Primero lo llevó al taller de Madrid, para que aprendiera el oficio con el escultor Clemente Díez, y ya lo puso a producir.
Pero Valentín, que ha sido el bibliotecario más paciente de la ciudad, siempre tendió como escultor a dotar con exceso los pectorales de sus figuras femeninas. Y así sucedió con la diosa Ceres aupada entre leones erguidos con codicia de la dama. Así que antes de inaugurar el monumento, hubo que proceder a una lima radical de pectorales, porque aquellos excesos parecían dispuestos para alterar al alumnado agrario. Además de Ceres y los leones del puente, la colección leonesa de asperones de Víctor de los Ríos suma al Quijote de Vegazana.