TRIBUNA
Zapatero/Rajoy: El show de los hermanos Marx
A rrellanados en confortables sillones, con humeantes cafés reposando en una mesita anexa, conversábamos animadamente dos eximios profesores de la Universidad (catedráticos eméritos ambos) y el que suscribe. El tema principal de la amena charla se centraba, en ese momento de la tarde ya declinante, en la ocurrencia del Magnífico Rector García Marín, de invitar a un coloquio en el salón de las grandes solemnidades del edificio Albeitar, sede del Rectorado, a dos espadas de primera línea de la política reciente. Dos espadas herrumbrosas, ya que la estela que han dejado estos dos individuos en sus respectivos mandatos que abarcan nada menos que 16 años de nuestra Historia reciente, está adornada de numerosas sombras, disparates varios y representa una manera de ejercer la política (en este caso desde la alta magistratura de la Presidencia del Gobierno) que arroja, en ambos casos (Mariano y Zapatero) saldos muy negativos.
La afluencia de público estaba garantizada de antemano, y así se confirmó en la ‘performance’ que protagonizaron estos dos equilibristas. Faltaba por saber si el interés se generaba por lo que pudieran decir, ahora, a toro pasado del ejercicio de sus cargos, o si por el contrario había curiosidad morbosa por ver delante de las barbas de unos y del flequillo de otras, a los protagonistas de historias truculentas en algunos de sus pasajes que nos han afectado directamente, más para mal (en la mayoría de los casos) que para bien. Cuestión esta última escasa en el tablón de méritos de Mariano y de existencia más nula que pacata en el terreno de juego del simpar Zapatero.
Estos artistas nos vinieron a lanzar una suerte de soflamas baratas, que incitan a uno a pensar que llegaron a León con la idea preconcebida de que la mayoría de los que vivimos y paseamos a la sombra de las torres de la Pulchra Leonina, y admiramos cada mañana el gallo de San Isidoro o los ventanales del palacio Botines, somos idiotas de remate sin solución de continuidad. Habla Zapatero de la lucha contra ETA, él, que fue muñidor junto al PNV de extraños y siniestros pactos bajo la mesa. Él, que definía a Otegui como “un hombre de paz”. Este especimen, emulador de Mr. Bean, que caminaba errático en todos los encuentros internacionales en los que tomó parte (ver vídeos internet). Sin ideas que exponer ni análisis que ejercitar, ya que ni inglés, ni francés, ni arameo. El resucitador de la Guerra Civil, el impulsor de una Memoria Histórica que ha reverdecido los viejos rencores de un país que no acaba de encontrarse a sí mismo después de más de setenta años. Destructor, junto al marqués de Villa Tinaja, de una labor encomiable y titánica que llevaron a cabo los padres de la Constitución y aquellos políticos honrados en su inmensa mayoría y patriotas todos (incluidos los miembros del PCE) que tejieron la histórica Transición del 78. Este pájaro de mal agüero es el que viene al paraninfo de nuestra Universidad a darse el pico con otro ejemplar cavernario como es el señorito de Pontevedra. Tienen razón mis excelsos contertulios al echarse manos a la cabeza por la disparatada ocurrencia del Magnífico Rector.
Ahora nos viene Mariano a templar gaitas. Este funambulista de salón, que llegó a aglutinar el poder omnímodo que te dan 183 diputados en el Congreso y otra mayoría superlativa en la Cámara Alta o Senado. Que a la siguiente ronda, en virtud de una política desastrosa perdió millones de votos y se quedó a merced de las minorías. Don Vagancio Cobardón, que entregó los trastos de matar a la pequeña bailarina, su Vicepresidenta ejecutiva, se tumbó a la sombra del cocotero, desplegó el Marca , se hundió en la hamaca, prendió el Cohiba y se apartó del mundo circundante siseando aquello de “a mí me importa una higa lo que pase a mi alrededor. Ya arreglará Sorayita entuertos y desafueros”. Este fenómeno, este acicate de la molicie perversa, es el que vino hace unos días a contarnos milongas varias y falsedades de grueso calado. Seguro que pensó, al igual que el camarada Papes, que aquí, por estupidez colectiva y colectivizada, atan los perros con ristras de longaniza de Geras. De todas estas reflexiones cabe colegir que el profesor Marín, el Magnífico Rector, no tuvo la más brillante de las ideas cuando se le ocurrió montar este cónclave con estos dos artistas de feria. Podía muy bien, si quería lucimiento y brillantez, promover un homenaje de la Univesidad de León, al por ejemplo profesor Stanley Paine, ahora, en estos días que se le hacen homenajes a tan insigne maestro e investigador en claustros de medio mundo. Pero no, el provincialismo campa una vez más a sus anchas y empero vuelve por sus fueros. Qué desastre Rector
Magnífico, qué desilusión, qué parodia barata y en definitiva qué astracanada ha promovido usted con semejante y peregrina ocurrencia. Querido y respetado profesor, andaba usted más vivo cuando salía con nosotros en moto, en aquellas memorables excursiones de hace años. Noto, querido amigo, herrumbre en sus bisagras.