TRIBUNA
Los autónomos al poder
L os trabajadores por cuenta propia son una indiscutible fuente de creación de empleo. Según las últimas cifras en España hay unos 3.258.896 autónomos. En empleo representan un 21,9%. De ellos 1.991.601 son persona física, el 61,1%, y 1,267.295 son autónomos societarios. La media de trabajadores que emplean los autónomos oscila entre uno y cinco, esto significa que entre titulares y empleados se puede dar una cifra aproximada de que el colectivo sumaría más de ocho millones de empleos. Cabe destacar que las mujeres representan el 35,1% de los autónomos-persona física y su ritmo de crecimiento es superior al de los hombres: 2,1% de ellas frente al 1,2% de ellos. No cabe duda de que ser empresario en este país es de aguerridos. Hasta hace unos años no existían organizaciones que agruparan a los autónomos. El autónomo solo se regía por los dictámenes de las administraciones. Colectivo indefenso navegando contra las mareas y las borrascas. Porque ser empresario autónomo en España es una decisión arriesgada y comprometida. Ser autónomo significa no tener horario. Ser autónomo significa, cuando fracasas, quedarte en la ruina y tu patrimonio a disposición de las entidades financieras.
Emprender un negocio es un viacrucis administrativo. Las administraciones son tan rígidas y tan exigentes que la burocracia te lleva a un final incierto y si llegas, como diría Churchill, sangre, sudor y lágrimas te ha costado. Emprender un negocio con ayudas públicas, una desesperación. Cuantos autónomos tuvieron que echar la trapa y después llegó esa subvención prometida.
Las mayores injusticias en la historia se han cometido contra el colectivo de autónomos. Que quede muy claro que no estoy despreciando a la empresa mediana ni a la gran empresa. Pero sí digo que el más indefenso ante las administraciones, ante las entidades financieras es el autónomo. Hace un tiempo se publicaron las deudas que tienen las grandes empresas con las administraciones, en especial, la Seguridad Social y la Agencia Tributaria y las empresas siguen. Esto sería imposible en un autónomo, ya que será embargado y su vida económica quedaría en la ruina.
Creo que nunca en la Historia el colectivo de autónomos ha ido a una huelga porque ir a la huelga significa perder sus ingresos no así los trabajadores que, salvo excepciones, nunca se les va a descontar el salario del día de la huelga. Ser autónomo significa pagar todos los impuestos habido y por haber y el más indefenso ante las administraciones. La gran empresa, como se ha dicho, puede deber muchos millones a la Seguridad Social, a Hacienda a los ayuntamientos, a los bancos etc... El autónomo no, porque es, como se dice, carne de cañón, está en peligro su pequeña empresa, está en peligro su patrimonio y, en síntesis, cerrará. Se irá a la calle con nada y puede ser que vuelta a empezar.
Todas las decisiones políticas en materia salarial, impuestos a quien proporcionalmente más afecta es al autónomo y sin embargo no se le tiene en consideración e inclusive se le ha despreciado porque la unidad no es su gran baza y poder. Ser autónomo es procurar todos los meses liquidez para pagar a tus empleados. Ser autónomo es ser criticado porque, si tu economía te permite algún capricho, se lo has robado al empleado. Si compras un coche lo has comprado con el sudor de tus empleados. Ser autónomo es vivir en la angustia continua.
Si hoy el colectivo de autónomos, por arte de magia, se uniera en lo político decidiría quien sería presidente de este país y si algún autónomo se lanzara en la carrera no cabe duda de que el Gobierno de España sería de los autónomos. El gran defecto en la historia ha sido y es la unidad. La estructura social y las endogamias familiares han hecho que sea un colectivo ególatra, con criterios personalistas, un caballero solitario que ladra, critica, pero el viento se lleva las quejas y lamentos. Las decisiones políticas se toman en perjuicio del que crea, emprende. ¿Por qué? Porque cuando el político cesa tiene cobijo en las grandes empresas, lo que hoy denominan puertas giratorias. Un mecanismo de perversión y prostitución de la política, consistente en permitir la alternancia sin ninguna limitación de los dirigentes públicos en ámbitos privados, y viceversa, esto es, de los dirigentes del mundo de la empresa privada en el ámbito de lo público. Por ejemplo, consiste en hacer ministro de Sanidad a un dirigente de un holding farmacéutico, o ministro de Fomento a un consejero delegado de empresas constructoras, o director general de Energía a un presidente de la patronal de empresas energéticas. Y a la finalización de su mandato público, estos personajes volverían de nuevo a sus respectivos cargos en la empresa privada.
Los presidentes del Gobierno, los ministros, cuando cesan, salvo excepciones, ?se anclan en el Consejo de Estado o se posicionan en aquellas empresas a las que apoyaron. Ningún político irá a unirse a un autónomo cuando deje el cargo porque este no puede agradecer nada a quien nada le ha dado. Hoy los autónomos tendría que proclamar aquel Manifiesto del Partido Comunista de ¡Trabajadores del mundo, uníos!. Seguro, que, de ser así, el presidente del Gobierno sería un autónomo o, al menos, alguien que apoyara al colectivo. Esto, por desgracia, no ocurrirá nunca. Un autónomo, para dar el salto a la política, tiene que tener una empresa muy consolidada, salvo que haya fracasado, ya que, de no ser así, al volver a la empresa será un solar. Ahora bien, el autónomo no puede estar en la política, en el poder, pero si puede decir quien nos puede gobernar. Solo haría falta unidad.