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antonio manilla
León

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El yo, el ego, es propiedad privada. Ahí derrapan todas las utopías colectivistas e igualitarias del mundo: en la incomprensión de que el yo público es una máscara. Por eso fallan, más que escopetas de feria, también las encuestas, pese a todas las cocinas de datos que les aplican. «No existe un corazón en general», escribió la cuentista y premio Nobel Alice Munro en su única novela, «La vida de las mujeres». Tampoco un cerebro público, de ahí la imposibilidad de acordar entendimientos y voluntades de las gentes sin la violencia de un Estado o al menos un Ministerio de Hacienda, que somos todos y hacemos mucha fuerza entre tantos.

Lo que a uno se le antoja fetén, al otro lo incomoda y al de más allá le deja completamente indiferente. Cada individuo lleva consigo toda una historia —además de una ideología— personal y familiar, un saco de experiencias y una bolsa de esperanzas. Estadísticamente es imposible que todo eso coincida. Aun así, como debe ser, las formaciones políticas se afanan en hallar lo que une a muchos y en presentar esos intereses comunes bien adobados entre proposiciones y palabras hermosas. El problema, para algunos entre los que me cuento, es que no ofrecen modelos de sociedad sino programas, que están para incumplirse como casi todas las promesas de amor eterno a las tantas de la madrugada.

El «programa» se le antoja a uno un cliché anticuado que debería cambiarse, como han hecho los italianos en su pacto de gobierno, por el de contrato, que al menos lleva pena en caso de incumplimiento. Yo creo que si un partido se comprometiera por escrito a cumplir el ochenta por ciento de sus propuestas electorales o a pagar por ello, es fácil que se llevara al electorado al huerto de las urnas. Y de paso le daría vidilla a la existencia y a las casas de apuestas, porque según se acercase el fin de su legislatura las cuotas echarían humo. Habría quienes, aprovechándose de información privilegiada, hicieran un capital, pero también desaparecerían del panorama político para siempre los incumplidores. Además, así quizá se acabarían los adelantamientos: habitamos en un permanente estado pre y post electoral, las campañas atropellan a las precampañas y las mociones de censura a los presupuestos, que ya vienen al nacer con cara de prórroga. Vivimos en una jornada de reflexión permanente y eso no hay cuerpo que lo aguante.

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