Diario de León
Publicado por
NUBES Y CLAROS MARÍA J. MUÑIZ
León

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S e buscan jóvenes con enorme formación y amplia experiencia, entusiasmo y madurez, conocimiento y capacidad de aprendizaje, solidez y flexibilidad para adaptarse a los cambios y entornos, idiomas, tecnología, desparpajo comercial, disponibilidad 24-7-365, entrega y fidelidad a la causa de la empresa y esa mezcla sutil de ambición profesional y cerviz baja en lo reivindicativo. Se ofrece a cambio contrato (o no) precario, salario sonrojante (eso sí, con posibilidades de crecer hasta la estratosfera de las remuneraciones si se coge el ascensor corporativo adecuado) y la enorme ventaja competitiva de poner en el currículum que se ha trabajado para una empresa de postín, lo que facilita el acceeso a compañías de similares expectativas. Abstenerse de semejante perita en dulce viejos a partir de 45 años (o viejas de 40).

La jungla laboral se encorseta en fronteras cada vez más absurdas. Barricadas que sólo hablan de las limitaciones de quienes las imponen. Los que tienen personalidad suficiente para romper las cadenas exponen brillantes casos de éxito, como se llama ahora a hacer las cosas con criterios propios y sabios. Me lo repite con su inagotable entusiasmo un amigo que, sin levantar nunca la voz y sin perder esa sonrisa entre tímida y picaruela, ni el arraigo leonés de todo lo que hace y se expande por el mundo, sigue construyendo un imperio de talento. Cuando otros echaron el cierre dejaron a la intemperie enormes profesionales curtidos por el conocimiento, el trabajo y la experiencia. Corrió a ofrecerles su casa sabiendo el tesoro que eran, y se evidenció que a entusiasmo e ilusión no les ganaba ningún becario. Eras diamantes nada brutos. Están brillando mucho más.

Tenían ya años. Tantos o más que los del viral #Contrataamipadre, en el que un entrevistador pregunta perplejo a un joven cómo no tiene trabajo con semejante currículum. «Porque tengo 59 años», responde quien ha presentado con su cara el brillante presente de su progenitor.

Los casos de éxito son, con todo, muy personales. Tengo a mi vera un ingeniero que bregó en túneles en las vacas gordas de la inversión pública, se quemó de nuevo las pestañas estudiando en el desempleo de la crisis y acabó recalando tras una barra de bar que pelea como un león, contra viento y zancadillas de autónomo. Su vida dio la vuelta como un calcetín. Pero luce sonrisa feliz, a veces con mueca de riñones molidos. Se le pasa bailando salsa. Quién lo iba a decir.

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