TRIBUNA
Relevos de altura
L a carretera La Bañeza-La Baña, vía de entrada en Cabrera por el Este, se aboca, ya en las proximidades de Truchas, a un tramo en el que las laderas abren, al retirarse a los lados, un ancho valle por cuyo costado izquierdo fluye el Eria. Ahí mismo se dibuja al frente una gran elevación como la proa de un buque fantástico que viene a nosotros con su mascarón vertical clavado en lo alto. A medida que nos acercamos ese mascarón va definiendo una figura de estatua gigantesca hasta cuajar con nitidez la imagen conocida como Cristo Salvador. Fue entronizada allí en octubre de 1965, culminando un proyecto que venía de diez años atrás, en la estela de otros parecidos en España y más allá, por ejemplo y sobre todo el que preside Río de Janeiro. Se puede suponer en quienes los inspiraron y erigieron algo así como la intención de plantar una señal o marca de bendición en el paisaje, y si pudiera dudarse de sus efectos prácticos, de ninguna manera cabe hacerlo sobre la marca misma, verdaderamente impresionante al menos en el caso del de Río. Esta marca en el paisaje cabreirés de la Cabrera Alta es mucho más modesta, pero a cambio presenta una singular credencial que los demás no tienen. No hace falta llegar allí, porque desde lejos ya es bien visible una ancha base, que hemos de suponer firme y poderosa para sostener al gigante de veinte toneladas y siete metros y medio de hormigón. Quien concibió la idea no pudo hallar sitio mejor para plasmarla o plantarla que el que ocupaba el castillo de Peña Ramiro, perteneciente al condado del mismo nombre, una rama menor del marquesado de Villafranca.
En realidad, el tal castillo se reducía a una torre deteriorada sobre una mínima explanada en lo alto del promontorio. No obstante, la idea de utilizarlo como pedestal para la estatua formidable solo puede explicarse dadas las circunstancias de la época en plena dictadura de signo teocrático. Porque el lugar, al margen de la estatua misma y su significado, reúne toda la majestad de la gran elevación que contempla valle y laderas del Eria rendidos a sus pies. Es un lugar mayor en la geografía cabreiresa, no cabe duda, alto, insigne y magnífico, como hubiera dicho D. Quijote en una de sus retahílas entusiastas, y en él el Cristo relevó a la torre en la altísima misión de otear los aires del valle y de una vida, unas vidas de cadencia sencilla y apegada a la humilde tierra.
Cambiemos ahora para ir a otro valle y otro río, que es el Cabrera en la Cabrera Baja. En Castrillo de Cabrera, sede del municipio del mismo nombre, hay una ermita dedicada a la Virgen y alzada en el lugar de un castro romano, al que relevó también ella, no en vano llamada Virgen del Castro.
En la caída de la ladera derecha del valle se produjo en aquel punto un abultamiento de la tierra que se adelanta para asomarse al río allá abajo. Hacia el final del mismo estuvo el asentamiento romano, actual de la iglesia, por debajo del cual pasaba uno de los canales de agua para Las Médulas.
El ámbito está como tocado de encanto y de misterio, porque los remotos antecedentes nos parece sentirlos gravitando en el bosquecillo de encinas que lo cubren. No podemos olvidar que para los romanos el bosque de encinas era un espacio sagrado. Cuando César en la Galia ordena a los soldados cortar las encinas, aquellos campesinos, imbuidos de unas vivencias religiosas ancestrales, se quedan como petrificados, no se atreven, paralizados por el miedo de que las hachas reboten contra ellos.
Oraculares, las llamó Virgilio, recordando a Platón, según el cual las primeras palabras proféticas, vale decir poéticas, salieron de una encina. No se trata de delirios filosóficos o poéticos, basta con evocar el sonido del viento al pulsarlas para comprenderlo.
Todo el espacio vibra de un aire mágico, cuando el viento silba y allá abajo suena el hondo rumor del río Cabrera. Frente al atrio ante la puerta de la iglesia hay un olivo tan viejo como las encinas, signo de permanencia de ese aire que nunca cesará de sonar en el bosquecillo de la ermita, un lugar también mayor del territorio cabreirés.
Vayamos ahora a otro valle y otro río, un riachuelo más bien en este caso, llamado Silván. En el arranque del mismo y en su ladera derecha se asienta el pueblo así también llamado, Silván, con su caserío sembrado en cuatro o cinco barrios. Dos de esos barrios se encaraman en la ladera a cierta altura sobre los otros que reposan en el fondo. El de la izquierda y mayor de todos acoge la iglesia parroquial, dedicada a Santiago, que da nombre al barrio. El de la derecha, llamado Fresneo, popularmente Ferneo, tiene también su iglesia más pequeña, dedicada a la Virgen y alzada en una terraza conquistada a la pendiente. Su construcción actual data del XVIII, fechada en una piedra del cuerpo de la torre, pero sin duda es ampliación de otra primitiva. Fue erigida en la altura, signo o marca de bendición en un valle escondido.
El lugar está asociado al escritor astorgano Aragón Escacena, porque allí deja al protagonista de Entre brumas, soñador feliz en las últimas líneas de esa novela, escrita tras su paso por Silván como maestro y publicada en 1921. Carece del prestigio histórico del primero y no tiene el aire poético del segundo, pero a cambio presenta una credencial literaria, que hace de él un lugar también muy digno de ser destacado en Cabrera.