EDITORIAL | Un triunfo que dibuja un Parlamento dividido y un Gobierno condicionado
Lejos de despejar los nubarrones de la incertidumbre sobre quién gobernará y sobre todo con quién y cómo, la jornada electoral de ayer sigue dejando en el ciudadano una inevitable sensación de inquietud y desasosiego. El resultado de las urnas dará paso casi con toda seguridad, tal y como apuntaban todas las previsiones demoscópicas, a un Gobierno vertebrado en torno al PSOE y la figura de Pedro Sánchez, que tendría que apoyarse en una coalición con Unidas Podemos después de que Pablo Iglesias manifestase esa exigencia. Pero para alcanzar la mayoría necesaria que le asegure la investidura deberá contar con más respaldos, como el del PNV y otros grupos, aunque también podría pactar con Ciudadanos si venciese las reticencias de la militancia.
Estamos abocados, pues, a un Parlamento de nuevo difícilmente gobernable, si bien no deja de ser un alivio para los ciudadanos haber dejado atrás la loca espiral de una campaña electoral excesiva, abrupta y grosera que sacó a exposición pública lo peor de la rivalidad política: una hostilidad y un odio totalmente inaceptables en una democracia avanzada. Es necesario olvidar todo eso cuanto antes y reconducir la vida pública hacia el sosiego político y el necesario espíritu de entendimiento y colaboración, siempre en el marco de la Constitución y del Estado de derecho. Es necesario también volver a la cordura y al consenso, y que el país recupere la imagen que en un tiempo añorado ofreció aquí y más allá de nuestras fronteras.
Del desplome del Partido Popular, castigado también por la soberbia y los excesos verbales de Pablo Casado, y el notable pero insuficiente crecimiento de Ciudadanos, quizá por la inconsistencia ideológica propia y de su líder, se beneficia en exceso Vox en una peligrosa deriva hacia la radicalidad.
Al margen de análisis más profundos, lo que se impone como deber al futuro Gobierno es hacer de España una economía fuerte capaz de bajar el paro, ajustar los impuestos, impulsar la actividad de empresas y autónomos, mejorar los salarios, estimular el consumo, garantizar las pensiones y racionalizar el gasto público para mejorar la inversión. También una defensa incansable del prestigio de las instituciones españolas en Europa frente a quienes venden el independentismo catalán como inevitable. Eso sí que no puede ser relegado por la ambición de quien ganó y de quienes no, dispuestos todos ellos a llegar al poder a cualquier precio.
Aunque no tiene sentido hacer una traslación de la situación general a la política provincial y sería arriesgado cualquier pronóstico en ese sentido, no es descartable que, aunque con actores distintos, los escenarios puedan ser parecidos en el Ayuntamiento de la capital y en la Diputación. Y, a un mes vista, esa inestabilidad es una seria amenaza.