cartas al director
El Cid de Santo Martino
H e tenido ocasión de leer el artículo de don Juan Pedro Aparicio El Cid toma la plaza de Santo Martino , sobre la escultura recientemente alzada en León en memoria de Alfonso IX, y me gustaría manifestar públicamente mi adhesión a su crítica.
Alfonso IX fue el gran rey que, entre otras muchas cosas memorables, fijó las bases del sistema parlamentario en el mundo, a pesar de ser aborrecido por la iglesia y por ese arrollador «espíritu castellano» que ha acabado imponiéndose en tantos aspectos, pero precisamente las circunstancias en que promulgó los Decreta merecían una materialización de la figura del rey de una manera diferente a como se ha hecho. Otra imagen debería de haber ocupado el lugar que ocupa esa tan agresiva y violenta, y discutible calidad estética, de un adulto belicoso.
Sin duda hay que agradecer al ayuntamiento leonés que haya manifestado su voluntad de celebrar la memoria de uno de los mejores reyes españoles, que la historia ha olvidado por razones evidentemente turbias, que en su artículo Juan Pedro Aparicio denuncia claramente. Pero a la hora de materializar los símbolos, no vale cualquier cosa. La magnanimidad, la capacidad de decisión, la sorprendente visión de futuro, el riesgo asumido, esa «forma de vida social en la que el diálogo, la libertad, la igualdad y la justicia no eran palabras vacías», que señala Aparicio, y todo ello de algún modo incorporado a la juventud del personaje, tendrían que haber inspirado al escultor. La estatua del «rey adolescente», acaso con un pergamino en la mano —una figura que sería única en el mundo— debería de ser la que ocupase el lugar que ocupa esa otra imagen crispada y feroz. Es más: tal como está, esa representación de Alfonso IX resulta un fraude para quienes la contemplen, pues sustituye, con la figura de un brutal guerrero, lo que tuvo de innovador y universal el joven y novedoso legislador.
JOSÉ MARÍA MERINO
Adiós a Ramiro Lamas
B embibre, en el día del libro de 2019, se quedó una página rota. La página rota del libro de tu vida, rota ya sin remedio. Pero la rotura de ese renglón inevitable, la rellenamos con los pliegos de tu recuerdo y de tu huella, con una tinta imborrable. Tu nombre se escribía con pluma real, con ornato de patriarcado, con colores de conquistador y cruces de guerrero templario. Como guerrero en la palabra, no hacía falta buscar motivo para entablar combate sino que tú mismo encendías sin dudar la mecha de la discusión para lucirte luego con tu inteligencia vivaz, con tu arte afilado en la parábola más primitiva y en la más audaz. Además eras un Lamas. Apellido rotundo que define familias y etiquetas de fortaleza, generosidad, resistencia y carácter. Trabajo, abnegación, empeño, estudio, garbo, orgullo, innovación, aventura, disfrute, acompañamiento, ayuda… todo ello adornado con una mirada franca, un dictamen preciso, un pronunciamiento ejemplar en cualquiera de las muchas vicisitudes de la vida.
Hace un año se fue Emilio, dejando su cartón vacío en Botines. Sí, ese Emilio medio minero que no desaprovechó ocasión para desperezarte y para iniciarte en el galanteo de la vida desde el Tropezón de Bembibre hasta alguna bodega berciana tardía de sábado noche. Era la época. Aquellos primeros años de juventud. Luego accederías, casi de sopetón, al patriarcado. Te iniciaste patriarca, sí, muy joven. Patriarca de una familia numerosa, de acogida permanente, de casa grande, de juego incesante entre la vida diaria y la vida trascendente. La vida diaria la pintaste de todos los colores, le diste el brillo y el mate de los momentos cruciales, de luces y sombras, de colores planos y de texturas imposibles. La vida trascendente la apoyaste en pilares sólidos como la familia y la amistad. La amistad la cimentaste en lecturas, en pensamientos, en tertulias y en viajes.
La familia era Ramiro, la familia extensa, toda ella cabía en ti y en Charo: el soporte, el apoyo, la base siempre firme y bien aplomada, el emprendimiento incesante como modelo y ejemplo, el paraguas que a todos cubría, y la alegría de sentiros rodeado por todos. Y viajaste mucho, para tu bien y el de Charo. Y el de tus amigos y familiares con quienes compartiste aventuras por tierras europeas y allende los mares.
Pero siempre por encima de todo el Bierzo verde y pescador, el Bierzo rico de olores, colores y sabores. Charo a tu lado, en la tienda, en la casa. Charo disfrutó de todo lo disfrutable también. Mientras tanto, en el día a día Charo, ¡ay Chora!, en ti se encarna el tópico de la gran mujer detrás de la gran sombra patriarcal, qué fuerte eres y qué fuerte has sido año tras año, semana tras semana, día tras día, hasta hoy mismo en que debes continuar, desde la añoranza de tu Ramiro; con qué ternura infinita deslizabas una mano sobre la suya en medio de las comidas familiares, como diciendo: siempre estaré ahí, hasta el final, contigo, a tu lado porque yo sé muy bien quién eres.
Ramiro, al verte en la sala de la Encina, de Bembibre, nos vino a la mente aquel verso, que tomamos prestado del poeta: «¡Dios Mío, pero qué solos se quedan los muertos!». Pero nosotros le damos la vuelta, con su permiso y aunque el diablo de las mentes ausentes ya te hubiera ido llevando poco a poco, no podemos sino pensar a voces: ¡qué solos nos quedamos sin ti!
JOSÉ LUIS ALONSO DÍAZ