TRIBUNA
Las Cabezadas, una ceremonia multisecular

« Las Cabezadas» es denominación del pueblo leonés, que, mediante esta expresión, identifica las tres profundas inclinaciones de cabeza que, simultáneamente, realizan los miembros del Cabildo Isidoriano y los componentes de la Corporación Municipal, a manera de despedida, a la finalización de esta ceremonia multisecular, cuya celebración, desde 1972, se lleva a término el último domingo de abril, aunque este año, por razones de todos conocidas, se ha trasladado al primer domingo de mayo.
Poco antes del mediodía, el Corregimiento, ‘en forma de ciudad’, se encamina hacia la Basílica dedicada al Doctor de las Españas. Porta el Pendón Real de León. Y lleva dos hachas de cera y un cirio de arroba miniado con la imagen de San Isidoro y el escudo de esta antigua capital del Viejo Reino. Pero, apenas ha iniciado su marcha se detiene para hacer entrega al párroco de la iglesia de San Marcelo, que aguarda en la puerta sur del templo dedicado al patrón de la ciudad, otras dos hachas de cera, en concepto de limosna, tal como establece el Marqués de Fuente Oyuelo, en el capítulo XXXII de las Políticas Ceremonias. Luego, los munícipes prosiguen su andadura hacia la citada Basílica. Una vez que alcanzan su destino, aguardan la presencia en el atrio del Cabildo Isidoriano. Testigos de excepción son las autoridades eclesiásticas, civiles, militares y académicas, las damas y caballeros de la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, y un numerosísimo público.
Cuando el cabildo canonical concurre en la Puerta del Cordero, emisarios municipales se desplazan en busca del abad isidoriano que, luego, va al encuentro del Corregidor. Tras los saludos de rigor, tomados del brazo, ambos se encaminan hacia el recinto sagrado. Les siguen, interpolados, canónigos y ediles. En esta edición, y debido a las obras que se llevan a cabo en el claustro procesional, el atrio basilical será escenario del acto propiamente dicho, donde así como el síndico municipal, en sus tres alocuciones, sostiene con vehemencia verbal que la ofrenda es voluntaria, por su parte, el capitular, en otras tres intervenciones, argumenta sin ambages que la entrega constituye un foro en toda regla. Y, naturalmente, no hay acuerdo. Los dos secretarios, el municipal y el colegial, cada uno por su lado, levantan la correspondiente acta. A continuación, el alcalde de la ciudad de León entrega al abad de San Isidoro el cirio y las dos hachas. Y seguidamente, se celebra la solemne Eucaristía.
Finalizada ésta llega la despedida, con las señaladas ‘cabezadas’, que se efectúan así que el Corregidor golpea el suelo con el bastón y la Corporación Municipal se vuelve hacia el templo isidoriano. El protocolo actual data de 1941. Y su configuración se basa en antiguos ceremoniales. Su autoría se atribuye a D. Mariano Domínguez Berrueta.
De acuerdo con dicho protocolo, entonces, al llegar a la mitad del atrio, la Corporación se volvía para hacer la primera ‘cabezada’ al Cabildo, que correspondía de igual forma. La segunda reverencia se realizaba cuando la Corporación alcanzaba el límite del atrio y el Cabildo se hallaba en la mitad de dicho espacio. La tercera tenía lugar así que la Corporación alcanzaba la altura de la fuente de la plaza y el Cabildo el límite del atrio. En aquellos años, una solida verja, colocada hoy en la llamada «Huerta del Rey», en la calle de la Abadía, preservaba la integridad de la referida basílica.
Hoy día, para su puesta en escena, en el suelo de la plaza se pintan tres rayas blancas, que constituyen la referencia protocolaria. Tras la última ‘cabezada’, entre el regocijo popular, el Corregimiento regresa a las Casas Consistoriales. Y el Cabildo Isidoriano retorna a sus rezos. Las espadas han quedado en alto. Hasta el próximo año.
Los vínculos de esta ceremonia del ‘Foro u Oferta’ tienen unos lazos tradicionales, que sitúan su origen en el año 1158, cuando una pertinaz sequía asolaba el agro leonés. Entonces, se volvieron los ojos al ‘Doctor de las Españas’, sacándose en rogativa el arca que preservaba sus santos restos. El cortejo procesional llegó, «casi dos millas fuera de la ciudad», exactamente a Trobajo del Camino, donde los presbíteros portadores realizaron un descanso. Allí, hizo acto de presencia una lluvia tan abundante, tan pródiga, que ni los más fornidos mozos fueron capaces de levantar las andas de las sagradas reliquias cuando quisieron reanudar la andadura, atascadas como estaban en el suelo. El sucedido llegó a oídos de Doña Sancha, tía de Fernando II, monarca reinante y hermana mayor del Alfonso VII, el Emperador.
Lucas de Tuy, lo refiere en el capítulo XLI de los Milagros de San Isidoro, donde narra «cómo el cuerpo de San Isidoro fue sacado de su iglesia al campo en procesión, y después no le pudieron mover para tornarlo, hasta que la reina Doña Sancha, su esposa, con todo el pueblo hicieron gran plegaria por causa de esto». Y allí puede leerse: «Y plugo al Señor de oír las voces de su pueblo, de tal manera que así como la reina con sus manos tocó las andas en que estaba el santo cuerpo, luego se movió aquel lugar, y todos tuvieron gran temor y se espantaron de verlo, y por voluntad e inspiración de Nuestro Señor se llegaron luego allí cuatro niños chiquitos y levantaron las andas, las cuales cuatro hombres muy valientes apenas podían levantar, y como el pueblo y la reina lo vieron, quedaron muy maravillados…».
La infanta-reina Doña Sancha veló y ayunó tres días junto al pueblo fiel por los hechos que se exponen. Luego, impetró el favor de San Isidoro con ruegos de esta índole [España Sagrada, XXXV, pg. 213]: «Oh, muy amado esposo, óyeme ahora, y duélete del pueblo de León que llora por verse desamparado de tu ayuda y compañía». Doña Sancha era soltera. Se consideró siempre esposa de San Isidoro, ‘Patrono de este nobilísimo Reino’. Murió, doncella, el 28 de febrero de 1159, hace, por tanto, ochocientos sesenta años. Sepultada en el Panteón de Reyes de la Colegiata Isidoriana, por su vida ejemplar, en su epitafio se grabaron calificativos de esta guisa: «Espejo de España, belleza del orbe, gloria del reino, culmen de justicia y cumbre de piedad, conocida en todo el mundo como santa por sus méritos».
La fiesta cívico-religiosa de Las Cabezadas, en palabras del recordado D. Antonio Viñayo, «es la fiesta más típica y más folclórica de cuantas se conocen en la ciudad, llena de tradiciones y de tipismo». Un acto, en resumen y en detalle, previamente concordado por las legacías municipal y canonical, que, actualmente, se visitan los días previos con muestras de exquisitas cortesías y atenciones.