Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Cuando creíamos haber superado todas las pruebas que nos habían puesto para validar nuestro voto, como distinguir entre cuáles eran útiles y cuántas cruces eran necesarias para que la papeleta del Senado no fuera un autodefinido, vienen a cambiarnos las normas. Las elecciones municipales, que parecen la reválida de los exámenes de abril, se anuncian esta vez entre los departamentos del márketing político no como la oportunidad para evitar que se rompa España, ni como la trinchera para impedir el nuevo amanecer de los brazos en alto y los correajes, sino como el escenario para votar a las personas. Porque en estos comicios locales y autonómicos, como les repetirán hasta la saciedad en las próximas tres semanas, se tiene que votar a las personas. Luego se extrañan algunos de que se presenten los personajes del Sálvame en las listas electorales y los ciudadanos les voten de manera masiva por la confianza que les aporta haberlos tenido en el sofá de casa todos los días por la tarde.

Los primeros en lanzar el mantra han sido los responsables del PP, convencidos de que con golpear en los pueblos tres veces los talones de sus candidatos podrán volver al centro, como Dorothy en el Mago de Oz cuando quería retornar a casa. La arenga busca en el electorado conseguir que los árboles no dejen ver el bosque, cuando el bosque hace tiempo que se empezó a deforestar y el valor añadido emigró a otras zonas, como sucede en la montaña de León con las cortas que se hacen para nutrir a empresas castellanas. Después de décadas de apelar al sentido de pertenencia a unas siglas como pasaporte para ganar elecciones, con apenas el esfuerzo de conjuntar el color del jersey con el logotipo, y de mandatos en los que fichar alcaldes de partidos minoritarios como si fueran el Real Madrid cuando asaltaba Mareo, la rémora de las generales les coloca en el mismo canto del gallo con el que los socialistas negaban a Zapatero en 2011 para no verse arrastrados al fondo. En mitad de este escenario, resulta enternecedora la llamada al valor de las personas como aval para no perder el poder, tras años y años de ejercerlo de manera omnímoda desde Valladolid y Madrid. No calculan que esto es León, donde abundan los votantes como mi amigo José. Sólo se levantó una vez para las municipales. Vio quién se presentaba en su pueblo y fue a votar pensando en la persona. No quería que uno de los candidatos saliera.

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