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León

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Los llamamientos a la participación parece que forman parte de manera intrínseca del ceremonial que rodea cada jornada electoral en España. Y eso que cada cual tiene sus cuentas echadas y sabe si le beneficia o perjudica el que acudan más personas a las urnas. Pero lo que nadie puede cuestionar es que para la Democracia supone un auténtico soplo de aire fresco el que sea mayoritario el número de ciudadanos que van a depositar la papeleta, sobre todo en jornadas como ésta en las que con la primavera tan avanzada existen muchas alternativas que resultan muy tentadoras.

Hoy está en juego una parte fundamental del futuro de los españoles. Los gobiernos locales marcan el día a día de la vida de las personas. Y la capacidad normativa de las autonomías está fuera de toda duda desde que asumieron competencias como Sanidad, Educación o Servicios Sociales. En el caso de la tercera papeleta, la de color azul, decidirá el gobierno —el europeo— que hoy es la gran fuente del derecho, el que emite unas directivas que se trasladan directamente a las legislaciones de los países.

Las elecciones de hoy, 26 de mayo, llegan 40 años después de las primeras municipales y curiosamente plantean una situación parecida. De nuevo el pluripartidismo se ha adueñado del panorama político español, con una coyuntura que no era previsible porque a priori el sistema electoral fue diseñado para evitar que se generase inestabilidad con demasiados partidos presentes en las instituciones.

Esta noche, cuando concluyan los recuentos, serán auténticas excepciones las mayorías absolutas, probablemente limitadas a municipios muy pequeños. En ese contexto de fragmentación de las corporaciones cada concejal, cada escaño, será más decisivo que nunca porque determinar quién está capacitado para alcanzar mayorías y liderar las instituciones. Por ello cada voto es si cabe una decisión más relevante porque impulsará la posibilidad de gobiernos con capacidad de obrar o aquellos que vivirán trabados los próximos cuatro años.

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El pluripartidismo fue defendido por algunos como un valor en sí mismo. La experiencia ya dicta que anima una ingobernabilidad muy perjudicial y que en realidad no ha servido para mejorar las cosas. PP y PSOE lo animaron con sus errores, que facilitaron la creación de formaciones por sus extremos, algo que siempre supone un riesgo porque parece claro que la moderación anima un reformismo eficaz. Y la tercera vía, el centrismo, se limita a añorar una UCD con la que sólo comparte un descontrol interno que fue precisamente lo que mató al partido de Adolfo Suárez.