cartas al director
Pereira y Úrsula ya pasean del brazo ‘no chiado’
« No creas si te dicen,/ mi amor,/ que Portugal es pobre,/ que no./ Algún día/ los dos/ iremos al Chiado,/ tú y yo./ Tuya será la seda/ mejor,/ rubíes como un rojo/ carbón/ y zapatos de blanco/ charol. /Siete calles de espejos, /mi amor,/ donde comprar la luna/ y el sol./ Que Portugal no es pobre,/ que no es pobre/ que no». Cancionero de Sagres, 1969. Hace unos días que Antonio Pereira y Úrsula se han ido de vacaciones a Portugal. Allí están mercando los esperados astros por una céntrica calle de Lisboa. ¡Como si los viese! Tal vez discutiendo por qué objeto soñado comprar o contándose picantes anécdotas. Él, con su poderosa y galaica voz, diciéndole al oído cualquier cabal disparate. Ella sonriendo pícara andaluza, al borde de la carcajada. Acercan sus voces y sus manos, siempre cómplices y tan ellos, tan sutilmente independientes, tan de ambos. Se me dibuja una sonrisa al imaginarlos así, suficiente casi para olvidar el dolor, un punzante sentimiento que se me clavó el pasado sábado cuando me enteré de que ¡ella! se había ido para siempre. No lo creía, pensé que podría con esto… como si fuese eterna, como si la edad que nunca quiso decir fuera menor de la real.…
Conocí a Úrsula en 2013 en el parador de Villafranca del Bierzo, al que luego bautizarían con el nombre de su gran amor: Antonio Pereira. Fue un momento muy especial lleno de nerviosismo. Me habían facilitado su teléfono y yo me dispuse cual periodista profesional a realizarle una serie de preguntas que llevaba anotadas rigorosamente en una ficha de cartulina rayada. Todavía la conservo con un cariño especial.
El objetivo final era conseguir datos de primera mano para un artículo que estaba escribiendo sobre la relación del autor con Portugal. Me recibió sonriente, con su sublime elegancia, aunque se mantuvo a la expectativa, desconfiante y lógica de nuestro primer encuentro. Todo fluyó de una forma muy natural y en nuestra conversación descubrí a una mujer enérgica, pasional pero con cierta frialdad, disfrazada de simpatía. Hablamos y hablamos y nos intercambiamos los números de teléfono.
Apenas llegó a León, me llamó para que acudiese presurosa pues había encontrado una carpeta con un título que decía Portugal, aquella clásica carpeta azul de gomas, donde encontraba un material imprescindible para mis futuras investigaciones.
Nunca lo pude olvidar.… Me abriste las puertas de tu casa, Úrsula, y allí me dejaste solitaria durante horas, leyendo y organizando todos los materiales que generosamente me entregaste. Y esa fue la primera de mis muchas visitas a León, en las que nos abrimos el corazón y me depositaste tu plena confianza. Quisiste que me encargase de la obra didáctica de Antonio y te juré que no te iba a defraudar.…
Siempre estuviste cerca. Siento no haberte podido dar el último abrazo… un besín de corazón. Yo también te quiero. Solo puedo decir que te echaré de menos y que León no será igual si tú no estás. Pero no nos pongamos dramáticos, ahí tú me llamarías «Tonta» y yo me pondría roja, porque sé que guardaremos ese momento para otro encuentro… allá… con una copa de vino… a las ocho de la tarde y entonces conoceré a Antonio en persona y lo pasaremos muy bien. Hasta siempre Úrsula. Ya estás con él. Como si viese otra vez el brillo de tus ojos.
tania martínez
Huéspedes desagradecidos
L as alarmas sobre el cambio climático, y la contaminación en general, suenan cada vez más fuerte. Sin embargo, y a pesar de los riesgos a los que nos enfrentamos, hacemos oídos sordos para que no nos amarguen la fiesta de los excesos que en este tiempo alocado e irresponsable estamos celebrando.
Los humanos actuales somos huéspedes desagradecidos de la Madre Tierra. Esa madre amorosa que, como dejó dicho Plinio el Viejo, «(…) nos recoge al nacer, nos alimenta desde que nacemos y, cuando estamos criados, aún nos sigue sustentando siempre, abrazándonos al final en su regazo cuando ya somos un desecho de la naturaleza, tapándonos entonces más que nunca, como una madre…».
PEDRO SERRANO
Empadronamientos interesados
E n los pueblos cada voto cuenta, por eso no es tan extraño ver engrosamientos del censo en los meses previos a unas elecciones. La Granja de San Vicente es un claro ejemplo de esto. No es la primera vez que vemos cómo gente que raramente pisa el pueblo, de repente, aparece en su censo. La historia no es nueva ni tampoco lo es quién que trata de beneficiarse de los mencionados empadronamientos. Hablamos del candidato a la presidencia de la pedanía por la UPL, una persona que en el pasado dejó un pueblo lleno de deudas (demostrado mediante una auditoria externa e independiente) y que tras saberse perdedor de unas elecciones, estando en el cargo en funciones, donó al obispado de Astorga la cantidad de 120.000 euros una cantidad que, evidentemente, hubiera marcado la diferencia en una pedanía tan pequeña como ésta. Viviendo en un pequeño pueblo tenemos, prácticamente, que mendigar por un transporte digno; organizamos nuestra vida racionando los escasos servicios públicos de los que disfrutamos, como la visita del médico una vez a la semana; en ocasiones, parecemos equilibristas del Circo de Sol buscando un poco de cobertura móvil o contemplamos impasibles cómo poco a poco nos convertimos en ciudadanos de segunda. Y, sin embargo, en períodos electorales, tenemos que ver cómo se nos utiliza y se emplean estrategias de dudosa legitimidad para alcanzar un puesto que busca solamente el beneficio personal. Si no nos van a dar nada, al menos que no nos quiten más.
miguel albares albares