TRIBUNA
De desamortización y reconciliación
L as campanas de mi anterior artículo (Diario de León, Opinión. 11/04/19), siguen doblando por Fr. Gabriel de Aller y la injusta y paulatina aniquilación de su obra en el entorno de la Peña de Congosto. En la celebración del IV Centenario de su fallecimiento y su inseparable e inconfundible vinculación a la Peña, una vez más quiero bosquejar algunos trabajos y logros materiales de quien un día transformó completamente la pelada cumbre del celta-astur monte Turcia, para que pasara a ser, ya en el siglo XVI, el complejo religioso, hospitalario y educativo de la Virgen de la Peña.
Antes de entrar en materia, quiero dejar memoria de lo que un día atesoró la Cumbre de la Peña. Cierto es que allí, de todo lo mucho que hubo, tan solo quedó el Santuario, desmantelado y sin techo, con su abierta puerta del perdón mirando al Valle del Silencio; el coro, sin sus hermosos sillares de nogal, almacenados hoy en la sacristía-trastero de una iglesia de Ponferrada. Las tres naves del templo sin sus retablos —que San Román de Bembibre, conserva, cuida y mima con tanto esmero—. La austera sacristía, y la novedosa e inexpugnable torre renacentista, sin tres de sus cuatro sonoras campanas. El resto: convento y sus dependencias, hospital-albergue de peregrinos y enfermos, huertas, talleres, y sobre todo la casa de niños expósitos y abandonados, amén de un hermoso aljibe recientemente cegado en el mismo centro del claustro conventual —donde crece un intruso ciprés—, todo ello lleva casi dos siglos desaparecido.
Y tras esta larga, pero necesaria introducción, ya es tiempo de mencionar que el lugar del que quiero hablar hoy, se halla en la propia villa de Congosto, apartado, por tanto, de lo propiamente religioso de la cumbre, pero que fue prototipo de granja, soporte de subsistencia y eje económico de los distintos enclaves que Fr. Gabriel ideó y que sustentó la Cumbre de la Peña. Bien seguro que los viajantes de las primeras diligencias Madrid-Coruña, giraron su vista a la derecha para contemplar su fachada. Su inmenso, hermoso y bien plantado arco de granito de la puerta carretal —digno de un edificio renacentista de la época—, y que contrasta con su pequeña puerta principal, también de granito, para entrada del personal, mientras que por la puerta del arco entraban y salían los carros cargados que abastecían la Peña. La ladera del monte se reservaba para el paso de rebaños y pastores, mientras desde el propio lagar pasaba directamente el mosto a la espaciosa bodega conventual. La panera, aireada y asoleada estaba arriba, junto a algunas amplias recámaras. También abajo había cuadras para los bueyes, los rebaños de ovejas y cabras, aves y puercos, y una rústica cocina para criados y pastores.
La fachada entre la pequeña puerta principal y el lagar, situado al oeste, tiene una ventana enrejada en la parte baja, dando ventilación a la bodega, y en su cúspide, entre dos balcones, un hermoso escudo de la orden que soportaba una imagen de la Virgen de la Peña, ambos en gris y moldeable piedra de la cumbre. Entre pajares y cuadras, había un enorme corral descubierto, hollado durante 400 años por las ruedas de los carros que, en sus miles de entradas y salidas, dejaron en sus piedras profundos roderones. Por la puerta carretal entraban los granos (trigo, centeno, cebada), las legumbres, los frutos de huertos y linares, y las frutas más sabrosas del Bierzo; el vino de decenas de viñas, la hierba de los prados, las truchas del Sil, y las mejores piezas de caza de la contorna.
Durante los primeros decenios de esplendor de la cumbre, los frailes se hicieron con buenas tierras, prados, viñedos, cotos de caza y pesca, fruto de donaciones, compras y pleitos. No fue la Peña un convento rico, como los hubo en el Bierzo, pero nunca le faltó lo necesario para vivir y para atender las necesidades religiosas y benéficas que la orden tenía encomendadas. Sus amplias propiedades se extendían por 47 pueblos del Bierzo. Todos los productos recogidos en la zona llegaban a la cumbre a través de este almacén principal, de esta casa-granja de la villa, aunque había otras más en el Bierzo (en San Román de Bembibre, en Magaz de Abajo, donde tenían además una preciosa ermita, miniatura del santuario de la Peña que, hoy, restaurada con excelente gusto y esmero, ha sido convertida en centro cultural del pueblo). ¡Que hermosa casa de usos múltiples sería para Congosto la casa-granja de los frailes de la Peña, amplia y de nobles materiales, soleada y bien ubicada en la ancha, recta como una vela, y señorial calle Real!
Tras la desamortización, todo esto —por un precio irrisorio—, pasó a pudientes manos privadas que siguieron usándola como una rústica vivienda de labranza y casa para sus criados, con panera y lagar, corrales y pajares, aunque el pueblo siguió y sigue llamándola, la ‘casa los flaires’. Hoy, todo esto es una ruina: apenas quedan tejados, se arquean las paredes, se quiebran las vigas, se desprenden los balcones y se hunden los techos interiores; la hermosa imagen de la Virgen de Piedra —como de un metro de altura—, aposentada sobre el escudo, ha desaparecido.
Al día de hoy, la casa los frailes está a la venta. Los actuales dueños que nunca emplearon nada en arreglarla ni conservarla, hoy se sienten en el derecho de venderla. Es posible que alguien la compre. Es posible que respete lo esencial y la reconstruya; pero también es probable que la derribe por completo. ¿No sería posible que, en un acto de generosidad, que les honraría para siempre y, por un precio simbólico, la dejaran al pueblo para que con el tiempo pudiera ser restaurada y dedicada a fines sociales, culturales, posible albergue para peregrinos hacia Santiago? En letras de oro quedaría escrita esta donación. Bien seguro que todo esto les produciría más satisfacción que los posibles miles de euros con los que alguien les pueda obsequiar. Se está vendiendo una de las ruinas históricas más antiguas del pueblo, un bien cultural, patrimonio y propiedad de la comunidad —no de un particular—, sino del pueblo expoliado, que la construyó.
Por todo ello, este pueblo, con sus autoridades a la cabeza, Hermandad Virgen de la Peña, Asociación Cultural Mirador de la Peña, debieran sugerir, pedir a los dueños actuales, que no sea ésta una nueva oportunidad perdida para que se devuelva al pueblo lo que es del pueblo —idea clave de la desamortización—, compensando así el trabajo y la larga espera de quienes pacientemente (labradores y carreteros, canteros, carpinteros y loseros) la construyeron y la cuidaron por siglos. Congosto merece que la casa-granja de la Peña, siga siendo lo que por casi cuatro siglos fue, la casa los flaires, para convertirla en bien socio-cultural de la villa.
Yo no tengo argumentos legales para demandar nada a nadie, pero sí tengo razones de conciencia —como debió de tenerlas el propio, liberal y progresista Mendizábal— para pedir que las casas y tierras expropiadas, fueran dadas a los campesinos pobres, que fueron los que las construyeron y las trabajaron, y no lo que hicieron muchos Merinos, adjudicarlas a gentes pudientes para enviar al estado el dinero de las ventas y pagar así incontables guerras perdidas, lujos de casas reales y caprichos de una burguesía despilfarradora. A los actuales dueños de estas ‘propiedades’ no les cuestiono sus papeles de pertenencia, solo quiero calibrar la bondad y sensibilidad de un corazón berciano, abierto —dos siglos después— a una sincera reconciliación que exige devolución.
En lo más profundo de mi enérgica demanda, también está la restitución de la imagen de Piedra de la Virgen de la Peña. Es obligado su retorno al lugar donde por cuatro siglos se mantuvo en pie. Mi triste y último recuerdo de ella fue cuando la vi en Toreno, saliendo para Tombrio de Abajo. Dos ancianas nos permitieron al padre Rano y a un servidor acceder al corral para verla —me niego a creer que por última vez—, aposentada en la trasera de un carro sirviendo su cabeza, hombros y unas manos de madre mostrando al niño, a modo de palos de gallinero. ¡Ni creyente hace falta ser, para que a uno se le escapen las lágrimas o la cólera, viendo en tal estado a la que por siglos recibió silenciosa la mirada cotidiana, alegre o dolorosa, pero siempre confiada de nuestros mayores!
Por ello, una vez más, el pueblo de Congosto exige que esa imagen que de allí partió con rumbo misterioso, pero no desconocido, vuelva al lugar donde por siglos permaneció arropada por la devoción de un pueblo, en cuyo corazón siempre habrá un lugar para ella, desalojada un día de la ‘casa los flaires’, y a donde no debe tardar en volver. De lo contrario, otra obra artística habrá sido hurtada al Bierzo, aunque ahora y a su pesar, sus expoliadores, para bochorno familiar, dejarán emborronados sus apellidos? y en perpetua deuda con la historia cultural berciana.