Diario de León
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León

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Vegabaño estaba casi desierto anteayer. Fenómeno raro cuanto menos para un domingo tan caluroso y el calor con que te recibe la sidra que Julián enfría en el arroyo Turégano. El goce es máximo para uno que busca subterfugios en la ciudad y a veces se ve sorprendido al no encontrarlos. Quiero decir, se acuerdan del chiquillo de Yernes y Tameza —concejo asturiano— que le dijo a las cámaras de La Sexta que no quería gente de su edad, 13 años, en el pueblo... «Pa’ que nadie me toque los cojones». Algo similar.

Quizá debiera aprender a disfrutar la soledad. Cualidad de la que pocos sabios, como el tamezano Adrián Beovides, saben disfrutar. Sin embargo hay momentos en los que la vida toma otro color, como al abrir la ventanilla del coche llegando a Soto de Sajambre. Sólo o acompañado. He pisado las hojas de los robles en los valles de Laciana. He bailado con el crujir de las nieves para coronar El Cornón y el Muxivén desde El Puerto y Lumajo. He bebido clarete a la bajada del Pozúa con la maravillosa panorámica de los Picos de Europa a mi vera y un salchichón de Coladilla en la mano izquierda, bien agarrado. He gritado a los rebecos en el Jario y observado placentero y mudo a los corzos en Curueña. He escuchado aullar lobeznos en Valdeteja y me he escondido en la cuevona de la cara norte del Bodón. He imaginado el Riaño antiguo desde el Yordas. Y hasta he llorado la llanura —infinita, estremecedora e infranqueable— en lo alto del Teleno. No sé cómo a Delibes le gustaba tanto. Bueno sí. Porque era un enamorado de su tierra y de la naturaleza.

Me he sentido tan pleno en la montaña de León que hay días en los que, al cruzarme con otros seres humanos, no les ladro de milagro. ¡Seré egoísta! Me pongo en el pellejo de Amancio Ortega e imagino una empresa turística que explotase esta belleza y aportara su granito de arena a la revitalización de León. Lo que no tengo claro es el precio que pagaría por contribuir a la economía de mi tierra ni hasta qué punto eso es sumar. La pureza, la virginidad y la anarquía que he conocido en estos lugares son dignas de reconocimiento y de respeto. No estaría dispuesto a convertir nuestro tesoro en un puticlub como puede ser ahora el Everest. Sucio —30 toneladas de basura que ha subido en Yak y nadie ha tenido la cortesía de bajar—, desbordado y encima entra cualquiera. Diez muertos en lo que va de primavera. Récord histórico.

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