Días de trapicheo
L a actividad política, siempre inquieta en España, vive días especiales de trapicheo intenso que muchos no acaban de entender. Bueno, quizás es que después de cuarenta años de dictadura y otros tantos de bipartidismo no nos hemos habituado al juego de la política en sus diferentes fases. Y menos con cuatro partidos en el campo. Hemos pasado unas elecciones de lo más variadas y ahora hay que poner a cuadrar los números, las ideas, los proyectos y los intereses partidarios. No hay otra forma.
Que nadie se inquiete: ocurre igual en todas partes donde la política funciona con libertad y respeta la variedad de pensamiento. Durante las campañas electorales se enervan los ánimos y se tensan las relaciones. Y ahora ha llegado el momento de que las cosas vuelvan a su sitio y de buscarle encuadre a los resultados que las urnas nos han dejado en herencia. Parece difícil y, por lo que vemos, leemos y escuchamos, quizás lo sea. Dentro de unos días, doce comunidades autónomas, dos ciudades autónomas y más de ochocientos ayuntamientos tendrán que quedar constituidos. Todo se andará. Para conseguirlo están los políticos que tienen el reto de hacerlo posible. Lo que ocurre es que aún estamos en la fase preparatoria, del postureo que permita olvidar lo dicho, prometido y negado, de ir cambiando aquello que representan las promesas eternas. por ahora. De bajar la cabeza ante la acusación de los vídeos. No hay que inquietarse, ya digo.
Ese día surgirán acuerdos sorprendentes. Algunos quizás estén fraguados, otros seguirán en el aire hasta el último momento. Pero en el último momento quien más quien menos se olvidará de que cuando dijo digo quiso decir Diego, y surgirán coaliciones, acuerdos de legislatura o simples promesas de investidura que ya se verá cómo evolucionan. El trapicheo político, que estos días atraviesa sus días álgidos, recuerda el de las ferias de ganado de mi pueblo. Se pide, se ofrece, se alejan los compradores, hasta se expresan enfados de rechazo demencial, hasta que se vuelve a rebajar el precio, con lo que se llega al momento solemne del apretón de manos: la firma real, ni gráfica ni electrónico, del acuerdo. En política implicará cesiones de concejalías de urbanismo, sacrificios de militantes que se quedarán frustrados y hasta alguna moneda al aire para desempatar y de paso dejar constancia pública de que el dinero sigue ofreciendo soluciones para todo.
Acabado esto, los políticos apenas podrán darse un breve respiro para bridar. Tendrán que volver a ponerse mano a la obra de culminación de la temporada: la formación del Gobierno de la nación. Esta vez no parece difícil, aunque el proceso tendrá que superar algunas cosillas. Pero ninguna insalvable: desde que una noche los militantes de un partido gritaban «Pujol, enano, habla castellano», y pocos días después su líder hablaba catalán en la intimidad, en la política nada es imposible. Y es que no lo hay.