TRIBUNA
Reflexión sobre la prueba de acceso a la universidad
A hora que entramos en un periodo de relativa calma estudiantil al haber finalizado las pruebas ordinarias de acceso a la universidad en la mayoría de las comunidades autónomas, entiendo es el momento de una reflexión serena, pero operativa, que nos permita encontrar una salida a esa duda, ya casi existencial, cual es, cómo debe ser esta Prueba. Pues bien, desde esta Tribuna, y dado que he dedicado mi vida profesional y casi personal a la «cosa educativa», ya como alumno, ya como profesor, ya como psicólogo-orientador, aporto mi reflexión al efecto, con el ánimo de mover las voluntades de quienes tienen la capacidad de legislar, para que establezcan un sistema válido, que es tanto como decir que realmente, evalúe el acceso a la universidad, y no se limite a repetir pruebas que ya se hacen de forma sistemática y rigurosa en los institutos de educación secundaria al alumnado que cursa el bachillerato. Es obvio que alguien puede dudar de ese rigor; la duda es elogiable, pero quien la tenga, evidentemente reflexionada, debe denunciarlo ante la Consejería de Educación, responsable del funcionamiento de todos los centros de enseñanza no universitaria, tanto públicos como concertados y privados.
Considero al respecto que la incorporación de la reválida (prueba que en su momento muchos cursamos), tal como establece actualmente la Lomce —aunque en este momento en suspenso— podría ser una forma de unificación de esta etapa educativa en todo el Estado.
Entiendo, igualmente, que al finalizar el bachillerato el alumno no solo debe contar con un título académico que le permita acceder a la prueba o pruebas que le habiliten para ingresar en la Universidad, a las que luego me referiré, sino que ha de disponer de un informe personalizado de orientación académico-profesional elaborado por el departamento de orientación en base al estudio efectuado a lo largo de esta etapa educativa. Este informe no se limitaría a un mero traslado de resultados de la aplicación de distintos instrumentos psicométricos, que sí tendrían su valor; sino aportar información relevante obtenida por distintos técnicas metódicas, propias del análisis de las distintas variables que conforman el perfil de la persona, lo que facilitaría al alumno la elección de aquellos estudios, dentro de la rama del saber, acorde a la modalidad de bachillerato cursado, afín a su perfil personal.
Son muchas más las razones que podría aportar sobre la necesidad de un cambio de estrategia para acceder a la Universidad, aunque una es evidente y fácilmente constatable. Me refiero al significativo número de alumnos que, o no finalizan la carrera iniciada o cambian al concluir el primer curso. Este porcentaje se estima, a nivel de Estado, en torno al 30%, lo que, al menos, hace pensar que en este alto índice de deserción juega un importante papel el actual sistema de acceso, que entiendo es poco efectivo, como tampoco parece serlo la actual orientación académico-profesional.
Una vez hecha esta presentación, y sin entrar en los distintos nombres y formas que ha tenido el acceso a la Universidad española desde la predemocracia hasta el día de hoy, me permito esbozar un planteamiento que, al menos, invite a la discusión.
Establezco como premisa, en base a lo anterior, que la prueba de acceso a la universidad debe versar únicamente en aspectos que no evalúen contenidos ya evaluados.
Propuesta de prueba: Siguiendo la actual clasificación de estudios por ramas de conocimiento (Artes y Humanidades, Ciencias, Ciencias de la Salud, Ciencias Sociales y Jurídicas, e, Ingeniería y Arquitectura) se establecería una prueba, con carácter estatal. Esta, estaría formada por dos subpruebas:
Una de carácter general, para todo el alumnado aspirante a iniciar estudios universitarios, cuyo contenido versaría sobre aspectos referidos a aptitudes generales, donde se evaluarían procesos mentales básicos, tales como capacidad de captación de información relevante, atención/concentración, memoria, pensamiento convergente, pensamiento divergente, toma de decisiones,…; referidos a actitudes, con el objetivo de conocer la reacción de la persona ante situaciones que se presenten, ya a nivel individual ya grupal, que se podrían ejemplificar, en lenguaje coloquial, en el autocontrol, la socialización, rasgos básicos de personalidad,…
Otra, ya de carácter específico para cada una de las ramas, compuesta de una batería de ítems a través de los cuales se valorasen aquellas aptitudes específicas, rasgos, actitudes e intereses que definiesen la idoneidad del estudiante para la rama a la que aspira. Ambas subpruebas estarían diseñadas mediante formatos que permitiesen una valoración objetiva (tests de elección de respuesta, de respuestas emparejadas… cuestionarios, inventarios...) por tanto ajenas a la interpretación del profesor-corrector.
Finalizo como inicié, con la pretensión de que esta reflexión sirva, al menos, para introducir un elemento más de duda, una incertidumbre que mueva voluntades, siendo la anterior propuesta exclusivamente de contenido y de método, sin entrar a ponderar su valor cuantitativo respecto a otras variables tales como el expediente académico, reválida si la hubiese…