La felicidad nacional
L a idea de que los indicadores macroeconómicos convencionales no son suficientes para describir la situación de un país ni para mostrar la evolución del nivel de vida de los ciudadanos no es nueva en absoluto. En los últimos tiempos, personajes como Cameron o Sarkozy —bien es cierto que ninguno de los dos es de fausta memoria— han teorizado sobre la necesidad de dar primacía al concepto de bienestar sobre el de crecimiento. Diversos economistas como el Premio Nobel de Economía 2001 Michael Spence (quien recibió el galardón junto a Stiglitz) defienden esta misma idea, y este ilustre experto manifestó en 2016 que a la hora de legislar y planificar «nos beneficiaríamos más de un enfoque multidimensional que capte las cosas que a las personas les importan». En definitiva, lo lógico sería universalizar un indicador que resumiese y englobase la prosperidad económica general (la evolución del PIB), la desigualdad (el índice de Gini), las condiciones socioeconómicas (el índice de Desarrolllo Humano del PNUD), etc. En esta línea, el gobierno laborista de Nueva Zelanda ha presentado un «presupuesto del bienestar» que trata de cambiar el enfoque tradicional basado en «un análisis coste-beneficio cortoplacista» por uno centrado en áreas en que el país tiene a su juicio grandes oportunidades de mejorar el bienestar de los ciudadanos. En síntesis, se establece que todos los gastos nuevos —una parte del total— deben promover al menos una de las cinco prioridades del gobierno: mejorar la salud mental, reducir la pobreza infantil, abordar las desigualdades que sufren los indígenas maoríes, potenciar el desarrollo digital y avanzar hacia una economía medioambientalmente sostenible y baja en emisiones. Antes que Nueva Zelanda, Bután, un pequeño país asiático, ya institucionalizó el «índice de felicidad nacional» en su Constitución.
El asunto no es simple ni puede ser abordado con frivolidad, pero algo debe hacerse, y a no tardar. En España, hemos asistido a un caso claro que ilustra esta reflexión: concluida la crisis económica en 2014, nuestra economía está creciendo a tasas anuales superiores al 2%, y sin embargo ha aumentado el malestar general porque no han subido en paralelo los salarios, el empleo generado ha sido insuficiente y se ha agravado la desigualdad. Esta evidencia ha fomentado el populismo y ha acabado deteriorando el sistema. El bienestar y el crecimiento son conceptos no siempre idénticos, y ambos han de ser manejados y combinados con destreza e inteligencia.