TRIBUNA
La sociedad huérfana
T odas las teorías psicológicas han resaltado la importancia de la figura paterna y, por supuesto, también de la materna, en el desarrollo emocional, intelectual y social del ser humano. La ausencia de esas figuras fundamentales en el desarrollo de los primeros años de vida suele dejar huellas negativas o traumáticas que se arrastran a lo largo de la existencia. Los padres se convierten para los hijos en las primeras personas de referencia y en modelos de identificación que, más tarde, se complementan, o se contrarrestan, con otras figuras que van apareciendo en el proceso de socialización (profesores, compañeros, personas relevantes de la sociedad o, incluso, del cine y de la literatura).
El psicoanálisis es, sin duda, la teoría psicológica más radical ya que concibe al niño como un lugar donde se produce una lucha encarnizada entre el Eros hacia la madre y el Tánatos hacia el padre, todo en un lento proceso que debería concluir en la emancipación individual del núcleo familiar y en la búsqueda de otros referentes sociales que satisfagan sus pulsiones personales y favorezcan la adaptación al medio social. Independientemente de la forma en que cada persona elabore en su mente ese proceso de desarrollo, las figuras paternas seguirán ejerciendo gran influencia en su comportamiento posterior.
Existen dos mecanismos básicos y contrapuestos a la hora en que los hijos introyectan a los padres. Por un lado el mecanismo de la imitación y, por otro, el del rechazo. Hay personas que se pasan la vida imitando a sus padres y tratando de superarlos en sus metas y logros sociales y otras, por el contrario, que los rechazan visceralmente. Un ejemplo simple de este rechazo sería el del muchacho que tiene una aversión radical hacia el alcohol porque su padre llega todos los días cargado de esa sustancia al domicilio familiar.
Además de los padres biológicos, existen figuras paternas simbólicas como el profesor excelente, el director de la empresa o el jefe del gobierno. Durante los años de la dictadura, Franco fue una figura paterna para muchos españoles, alguien que, con mano dura, supo mantener un cierto orden social y un progresivo bienestar económico. A su muerte, muchos lo lloraron, aquellos que se habían identificado con su acción de gobierno y otros lo celebraron con champán porque sentían un rechazo visceral hacia lo que él representaba. El duelo, o la alegría, por su fallecimiento se mezcló con el miedo hacia un incierto futuro, donde poco a poco fueron surgiendo nuevas figuras paternas como el Rey, Adolfo Suárez o más tarde Felipe González o Aznar.
Es curioso. Somos un país que durante casi cuarenta años soportó a un dictador sin que apenas nadie intentara sustituirlo, lo mismo que el niño intenta suplantar a su padre biológico y ocupar su sitio al lado de la madre, y sin embargo, no hemos sido tan pacientes con los presidentes del gobierno elegidos democráticamente. Suárez tuvo que soportar un golpe de estado poniendo, incluso, en riesgo su vida al desobedecer la orden de “todo el mundo al suelo” del golpista Tejero, mientras silbaban las balas a su alrededor. Recientemente a Rajoy, un presidente que lidió la peor crisis económica y que hizo frente al golpe posmoderno del separatismo catalán, le organizaron una moción de censura que lo devolvió a su despacho de Registrador de la Propiedad.
La democracia, sin duda, ha recibido más golpes que la dictadura. Es cierto que la banda terrorista ETA surgió como reacción a la represión del régimen franquista, pero sus crímenes fueron más frecuentes y mucho más crueles cuando llegó la democracia. Después vino el ya mencionado golpe del trío Tejero, Milans y Armada y, por último, se ha apuntado a esa acción destructiva del orden constitucional el separatismo catalán, también formado por el trío de Convergencia, Ezquerra Republicana y la CUP. Podemos coqueteó durante un tiempo con sus críticas al Régimen del 78 y con su teoría del Asalto a los Cielos. Ahora, sin embargo, parecen ser los defensores más acérrimos de nuestra Constitución algo que, sin duda, hay que celebrar.
Uno no necesita ser un psicoanalista muy avezado, y yo no lo soy, para interpretar que muchos de los que han querido acabar con la democracia, con quien realmente se identificaban en lo más profundo de sus mentes era con el intocable dictador Franco, al que lamentablemente no terminamos de enterrar de una vez y para siempre. Alguna vez tendrá que ocurrir.
Los nuevos líderes que han surgido después de la muerte de Rajoy son personas que se comportan como verdaderos huérfanos políticos. Unos padecen un síndrome llamado sorpasismo, una pulsión irresistible a querer superar a sus contrincantes ideológicos más cercanos. Otros son víctimas del Yoismo y de un Narcisismo exagerado. Los menos, añoran un pasado que ya no volverá. Espero que las circunstancias les ayuden a madurar psicológicamente, cambiando su cortoplacismo por centrarse en los problemas más urgentes que tenemos en la actualidad. Primero, formar un gobierno estable y duradero y, después, abordar problemas endémicos como el paro, la baja calidad de los puestos de trabajo, las desigualdades generadas por la crisis, el cambio climático, cimentar el Estado de Bienestar y el sostenimiento de las pensiones públicas, la ampliación de opciones humanamente dignas a la hora de afrontar la muerte o contribuir a la cohesión interna de la Unión Europea. Y también, por qué no, atraer a aquellos catalanes ilusionados en su día por el procés a volver a la casa común de la Constitución del 78. Muchos, sin duda, lo harán convencidos de sus errores. Otros seguirán, erre que erre, por la senda independentista. Ojalá solo sea un minoría porque el desaguisado actual comenzó con ellos.