De lo bueno a lo malo. De lo peor a lo mejor
Apenas sin enterarnos, pero inexorable y precipitadamente, de la noche a la mañana, hemos pasado de lo bueno a lo malo, sin comerlo ni beberlo. Un día nos dieron, por refugio y por destierro, nuestra propia casa, donde sobrevivimos impacientes, tensos, rebeldes, aburridos, hasta que todo esto pase. Y mientras unos se las apañan para seguir siendo felices, otros se lamentan, ¡no hay derecho!, estoy perdiendo dinero, mi empresa se va a pique, no tengo trabajo, esta casa es una locura, los niños gritan, los jóvenes protestan, los abuelos están asustados. ¡No aguanto más!, y nos quejamos del Gobierno y del destino.
Hemos perdido lo que nunca —la ambición por bandera—, habíamos tomado en serio, que «la salud y la libertad, son prendas de gran valía, y que no las apreciamos hasta que las tenemos perdidas», decía luctuosa mi madre tras la guerra.
«Hay golpes en la vida, tan fuertes…yo no sé. Son pocos, pero son», escribía C. Vallejo en su libro Los Heraldos Negros , 1919, al finalizar la primera Gran Guerra, y durante el triste encuadre de la mal llamada «peste española», originada en el fuerte de Riley, en Kansas City. Y era Pablo Neruda, el que en la distancia le contestaba, «puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo…» Pero después, vinieron el llanto y el silencio y, sin perderse del todo, pero en un fondo blanco y negro de días inciertos y enfermizos, la esperanza.
Los pobres de la tierra van a ver cómo el enemigo se ceba en ellos, sin que puedan hacer nada para evitarlo. En Nicaragua, El Salvador, Venezuela, Ecuador, Bolivia, y un largo etcétera, las calles acogerán los cadáveres que nadie quiera enterrar como ya ocurrió en Guayaquil
Triste y lamentablemente, la cosa no se ha detenido en lo malo, sino que el tren de la pandemia nos ha llevado, en unos pocos días, a lo peor. Pronosticado estaba, «¡van a venir días peores, porque lo peor está por venir!», nos lo dijeron los sabios y entendidos, y ahora pataleamos, porque ¡ya está bien de calamidades!, olvidando lo que muchos hemos aprendido, ¡que la vida no nos mande lo que podemos resistir!, y resistiendo seguimos.
Van llegando las noticias de todas partes, provocando muy diferentes, y todas muy humanas, actitudes de alarma, miedo, angustia, prevención, despecho, dudas y preguntas a divinidades castigadoras o protectoras de una humanidad en riesgo. Alguien de la familia me acaba de llamar para decirme, tú que eres creyente, pregúntale a tu Dios, ¿por qué se ha llevado a mi hermano? Pide que allá donde esté, que sea feliz. Déjalo en manos del cielo, le he dicho, y le he mandado todo lo que tengo, un abrazo y mi cariño en la distancia. Yo espero que España tenga paciencia para salir a su debido tiempo a celebrar la muerte del morlaco que nos ha chafado las fiestas primaverales, nos ha hecho temblar y gritar del susto, y nos ha dejado inermes para rato.
El señor Trump también se ha descuidado y el Covid-19 no le ha comido la merienda a él, sino a los cientos de miles de ciudadanos que, a pesar de los medios y recursos de los que dispone este país, van a ver cómo muchos de sus seres queridos se van al crematorio sin abrazos ni flores. En este país se lanzó al aire la moneda entre la altisonante cara de la libertad ciudadana o aplicar sin guante blanco la fuerza de la cruz y de la ley ante el avance indiscriminado de la muerte. No faltan en los medios, recomendaciones, sugerencias, avisos, pero por encima de todo, prima la libertad, y cada gobernador, en estos reinos de Taifas, hace de su capa un sayo y sigue adelante, ante las protestas de un Trump inseguro que les acusa de «jugar a los ventiladores». Por ello, ahora, nos toca sufrir lo peor, pero ¡eso sí!, en libertad. Veo cómo este pueblo, en ocasiones, adopta ante la muerte, actitudes épicas, rayanas en el estoicismo más puritano. Tardaron en tomar un paso adelante, y el malvado del bichito les ha cogido a contrapelo y los ha desbandado como a los vecinos de Noé, a pesar de hablar la misma lengua. En este país, si los ricos y los poderosos no quieren ayudar a los pobres e ilegales, si no son capaces de superar barreras y diferencias sociales, a la larga, pobres y poderosos se verán atrapados por la misma suerte negra y ciega de quien no conoce barreras.
Por otra parte, los países más pobres de América, no necesitan esperar al coronavirus, porque ya lo tienen dentro, aunque sus gobernantes se lo sigan ocultando. Los pobres de la tierra van a ver cómo el enemigo se ceba en ellos, sin que puedan hacer nada para evitarlo. En Nicaragua, El Salvador, Venezuela, Ecuador, Bolivia, y un largo etcétera, las calles acogerán los cadáveres que nadie quiera enterrar como ya ocurrió en Guayaquil. En tanto, muchos Bolsonaros reniegan del sudor milagroso de la riqueza, marginando a su pueblo en la oscuridad de la muerte, mientras Rusia manda suministros sanitarios a Estados Unidos —¡ver para creer!, un pasado irreconciliable, y un presente, ¿amistoso?—, olvidando así a países pobres con los que le unen más lazos de supuesta amistad y cercanía ideológica.
En esta guerra sin cuartel, España, claramente, ha dicho, «¡al enemigo, ni agua!», ni aire, ni cercanía, porque hoy el enemigo es invisible, etéreo, inalcanzable para nuestras armas convencionales.
Hoy la lucha debe ser más sabia, más constante, más paciente que nunca. La avanzadilla de nuestros sanitarios, proveedores, militares, pelea cara a cara, cuerpo a cuerpo, y el resto no vamos a sentir vergüenza de permanecer en la retaguardia, en la casa, donde está nuestro campo de batalla, porque eso es lo que nos piden en estos momentos el sentido y el bien común de todos. No queremos ni herir, ni ser heridos, así estamos seguros de salvar muchas vidas. Hemos resistido y resistiremos, porque seguimos esperando lo mejor, después de haber sufrido lo peor.
Durante esta pasada Semana Santa se consumieron millones de candelas de súplicas silenciosas y las manos quemaban de tanto ardor, agradeciéndonos los unos a los otros la paciencia de seguir firmes desafiando al mal.
Todavía, nos tocan días de clausura y lágrimas, pero muy pronto esperamos ver tiempos de vino y rosas, sonrisas y abrazos, al saludable ritmo de la música, y sin dejar de aplaudir, vamos a conjurar al diantre del renobeiro con un buen bebedizo, para que asustado tome las de Villadiego.
Que nunca, la algarabía de la fiesta opaque el reguero que el llanto ha dejado en quienes hayan salido alicortados en las duras batallas de esta guerra viral y virulenta, Hemos doblegado la curva, y nos sentimos más fuertes que nunca. Por eso, hoy empezamos a celebrar que,
Pasen altas las gaviotas,/ todas vestidas de negro, dejando espacios vacíos,/ en un cielo azul y bello.