Diario de León
Publicado por
Manuel Arias Blanco, profesor jubilado de Secundaria
León

Creado:

Actualizado:

Apesar de que me unen lazos familiares, no puedo menos de despedirme de Antonio Trobajo desde la distancia y con la necesaria obligación de rendirle un juicio de honestidad supremo por sus actos como sacerdote y como persona. Fue un hombre muy culto, ya que no en vano se preparó en las Universidades de Salamanca y de Oviedo para afianzar sus estudios religiosos y humanísticos. Mientras tanto, no dejó en ningún momento su tarea pastoral, quizás la vocación más acorde con su visión de la vida.

Por eso sus sermones estaban teñidos en su mayor parte de un sabor cultural y evangélico que extrañaban a los más y dejaba patidifusos a no pocos. Era ameno asistir a sus parlamentos, siempre ponderados y profundos, donde la anécdota se envolvía en un hondo pensamiento religioso. Se te hacían breves y llevaderas esas normalmente tediosas homilías a mitad de los oficios. Y, además, siempre estuvo dispuesto a acompañar a todos los allegados que fueron dejándonos por el camino. Ahí estuvo como el primero. Sin embargo, él nos ha dejado en la más absoluta soledad, acompañado tan solo por los más íntimos. Supongo que algún día, después de este confinamiento, se le rendirá justa compañía a quien nunca regateó nada. Que descanse en paz.

Fue básicamente un párroco de pueblo, un párroco de la gente más humilde, a pesar de que ejerció en León cargos de gran responsabilidad: Director del Seminario, Vicario, Deán, profesor de Instituto y del Seminario, Escritor… No sé. Quizás se me olviden muchas otras dedicaciones, aunque sospecho que todas se asocian a su labor de pastor de almas.

No rehuyó nunca la compañía de jóvenes de distintos sexos y supo estar a la altura en todo momento. Era el centro por su labia y saber estar y por el dominio de los variados registros que ejercía. Era ameno y conversador y no mal cantante. Sabía ponerse en el lugar del otro y conseguía la amistad sin mucho esfuerzo. Doy fe de ello, porque estuve en algún grupo en mis años universitarios de Oviedo. Fue en aquellos años —antes del 75— cuando le llegué a preguntar si en verdad tenía vocación, si no se arrepentía de la decisión tomada. Y rotundamente me contestó que estaba firmemente seguro de su profesión. Y los hechos han confirmado que le vino como anillo al dedo.

Los problemas se disolvían en sus manos y la sonrisa ponía punto final a las variadas charlas con él. Sabía estar

No reparaba en hacer guiños de cierto calado a algún amigo. Recuerdo que no le tembló el pulso cuando en medio de una ceremonia matrimonial le dijo al amigo que se lo pensara bien, que aún estaba a tiempo. No dejó de ser una nota de humor en medio de la estupefacción de los invitados. De hecho ese matrimonio sigue en pie y firme y era verdad que estaba bien pensado. En otra ocasión tuvo que apagar un medio incendio en la iglesia con motivo de un cabo de año, porque a unos seminaristas les entró la risa en la misa cantada y los desalojó con tacto del coro. Basten estas anécdotas para que apreciemos la mano izquierda de su saber hacer, sin que nadie se molestara en exceso.

Era cercano y sonriente. Quizás sean estas las dos cualidades más destacadas de su labor pastoral. Los problemas se disolvían en sus manos y la sonrisa ponía punto final a las variadas charlas con él. Sabía estar. Y las múltiples experiencias parroquiales hicieron de él una persona entregada y leal. Con él todo era más fácil y más creíble. Recuerdo que algunas veces los feligreses salían de la iglesia alabando su amena estancia en el culto: si todos fueran como él la iglesia sería otra cosa, estaría a rebosar. Quien no lo conocía se asombraba de que hubiera curas de este perfil.

De ahí que hoy muchos, Antonio, te añoremos y te recordemos y esperamos en el fondo que no hayas sufrido demasiado en tus últimas horas. No hacía tanto que nos dijiste a unos amigos y a mí que estabas cada poco en el hospital para rutinarias intervenciones y eso nos lo dijiste con una sonrisa en los labios, como si fuera algo baladí. Seguro que detrás tenías el asidero de la fe. Que la paz que sembraste en esta tierra te sea propicia y se te devuelva con creces en el otro mundo. Un abrazo eterno, Antonio.

tracking